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viernes, 20 de marzo de 2015

Capítulo 41 de Dragonstones 1









RESPUESTAS A MUCHAS PREGUNTAS


   Kevin se encontraba en La Gran Biblioteca de Longoria. Le dijeron que fuese allí antes de iniciar su viaje. Que necesitaba conocer antes aquello que se iba encontrar. Allí encontraría las respuestas a muchas preguntas:
¿Qué fue La Orden de los Caballeros de Dragón? ¿Qué armas utilizaban y porqué eran tan importantes? ¿Qué era el cementerio de dragones y dónde se encontraba? ¿Porqué existía un mausoleo de aquellos caballeros en aquel sitio?, y sobretodo… ¿Quién era Ilrahtala?

La biblioteca se encontraba en la zona de la nobleza, muy cerca de La Gran Universidad de la Hechicería, junto a otras bibliotecas menores. Como los edificios de aquella zona, estaba hecha de mármol. Para poder entrar en ella, debías pertenecer a la nobleza o tener la autorización de algún noble. Kevin acudió con el bibliotecario real.
De familia noble, trabajaba en la biblioteca de palacio… y mandado por el rey, acompañó a Kevin a La Gran Biblioteca de Longoria.
Como pudo comprobar, la fama de la biblioteca estaba bien merecida. En su interior se hallaba la mayor colección de libros del mundo de Shakával.
Estaba compuesta de muchas plantas, y cada una de ellas estaba dedicada a un tema diferente. Kevin deseó que su amiga Susan hubiera estado allí con él. Recordaba su pasión por los libros, cuando vivían en La Tierra. Seguro que hubiese disfrutado en aquel lugar.
Enseguida, pudo comprobar que la gran mayoría de los presentes llevaba túnicas de magos o ropas de iniciados. Los demás, pertenecían a familias nobles. Solo pudo ver, acompañados como él, de algún noble, a varios jóvenes, al parecer pertenecientes a la zona pobre de la ciudad.

 Kevin siguió al bibliotecario real hasta la planta dedicada a la historia. Una vez allí, su acompañante se acercó hasta el encargado de aquella sección, y le pidió que le trajese tres libros. Instantes después, ya los tenía.
 -Toma chico. Ve a buscarme a la planta baja cuando hayas acabado… Estaré conversando con unos colegas -le dijo el bibliotecario real.

Kevin miró enseguida la cubierta de aquellos libros, y leyó: “Grandes caballeros de la historia”, “Máquinas, armas y otros instrumentos de guerra” y “Todo sobre dragones”.

Los tres libros eran grandes tochos. Seguro que sería un trabajo largo y cansado, que le llevaría varias horas. De modo, que comenzó de inmediato.
Tras hojear varias páginas del primero de los libros, encontró cosas referentes a los primeros caballeros de los que se tenía datos, todos ellos pertenecían a La Tercera Edad o Era de los Hombres. El libro hacía una breve referencia a las primeras edades conocidas como La Primera Edad o Era de los dragones y La segunda Edad o Era de las Razas. Para fastidio de Kevin, no hacía ningún comentario a la orden. Siguió leyendo páginas y páginas hasta que encontró La Cuarta Edad o Era de los Caballeros de Dragón. Detuvo su mano al instante, y cuando encontró algo sobre la orden, comenzó a leer:

A mediados de La Cuarta Edad, se formó La Orden de los Caballeros de Dragón, que más tarde dio nombre a ésta. Se formó con la intención de defender los distintos reinos del Oeste: Nordia, Lándorf, Búrds, Váyonned, Longoria, Mirania, Lipos y Gáizar… de los túnicas negras, que dominaban los reinos del este. Su creación sólo fue posible, gracias a Ilrahtala, el más poderoso de los dragones.
Existía un jinete y un dragón de cada color, por cada reino. Y, todo fue bien durante un tiempo… pero no todas las razas de dragón son benévolas. La roja y la negra tienden a ser infieles y traicioneros. Algo que supuso la decadencia de la orden, y la posterior muerte de los caballeros de dragón.
Tanto Ilrahtala como los distintos reinos, se negaron a volver a formar la orden; pues el poderoso dragón creyó que la culpa fue de los jinetes, y los reinos, que la culpa fue de los dragones”.

Kevin siguió avanzando páginas, pero no encontró nada más sobre la orden. Sólo supo que la edad en la que ahora se encontraban, La Quinta Edad, era conocida como La Era de Ízmer.

El chico decidió comenzar con el segundo libro…

Pronto le pareció aburrido. Sólo se hablaba de armas de guerra.
Pasó rápidamente las hojas hasta encontrar lo que buscaba… las armas de los caballeros de dragón.
Se quedó alucinado cuando supo que eran armas mágicas, creadas gracias a la magia de los túnicas blancas, y la de los propios dragones. Supo también que su poder estaba unido al de los dragones, y que la magia de ellas no se podía renovar sin el dragón de su jinete.
Ahora comprendió porqué le habían asignado aquella misión, y lo importantes que aquellas armas eran.

Por último, terminó leyendo el tercer libro.
Tras acabarlo, sabía que todos los dragones podían hablar, que tenían en cierto modo el mismo aspecto, que eran inteligentes, y que eran criaturas llenas de magia.
Existían ocho razas de dragón: la verde, la azul, la roja, la blanca, la negra, la de bronce, la plateada y la dorada.
Entre ellas se diferenciaban ademas de en su color, en su tamaño -el más pequeño el verde, y el más grande el dorado-, en su inteligencia -sucedía lo mismo que con su tamaño-, en su poder -idem de lo mismo-, en su fidelidad -los rojos y negros tendían a ser traicioneros-, y en si arrojaban fuego o hielo -los blancos eran los únicos que arrojaban hielo-. Se enteró también que Ilrahtala fue el primer dragón de la creación, que tenía ocho cabezas, una de cada color, y que era el más poderoso.
Pudo leer algo que ya sabía; que todos los dragones estaban conectados con la magia de las Dragonstones y la Piedra Multicolor.
Y supo que el cementerio de dragones se encontraba al norte del Paso de Hielo, entre la gran cordillera central y el bosque de draconia. Y que era el lugar al que los dragones viejos se retiraban a morir. Leyó algo sobre que allí se encontraba el mausoleo de La Orden de los Caballeros de Dragón, pero no ponía nada sobre que era y porqué se encontraba allí.

Una vez le entregó los libros al bibliotecario de aquella planta, bajo a la planta baja donde se encontraba el bibliotecario real.
 -¿Has encontrado la información que buscabas? -le preguntó éste.
 -La mayor parte de ella sí. Creo que con ello bastará.
 -Bueno amigos, debo dejaros.

Junto al bibliotecario real dejó la biblioteca y regresó a palacio.


Al día siguiente, él y su dragón Yúnik estaban preparados para iniciar su viaje.



   Su dragón había cambiado mucho en aquellos dos años. Ya no era el joven dragoncito de antes, había crecido mucho; aunque todavía no había alcanzado el tamaño adulto. A pesar de ello, ya podía lanzar pequeñas llamaradas de fuego, que no servían para acabar con un ejército; pero sí con dos o tres individuos de una sola llamarada.
Ahora que conocía a los dragones mejor, Kevin se sentía más unido a su dragón, podía sentirlo mientras sobrevolaba los campos del reino de Longoria, que estaban dejando atrás.
Pensó que pertenecía a la raza más débil, pero a él le daba igual… mientras estuvieran juntos, ambos serían fuertes.


      Yúnik, momentos más tarde, al ver lo callado que estaba Kevin, le preguntó:
 -¿Qué te ocurre? Acabamos de dejar atrás el bosque iluminado y el río cristalino, y prácticamente no has hablado desde que salimos de Longoria.
 -Perdona Yúnik. Pienso en Érik y Susan. No sé qué ocurrirá en ese cementerio. No sé si podré volver a verlos.
 -No lo pienses. Sucederá lo que deba suceder. De todos modos, no soy el mejor consejero. Nosotros los dragones tenemos sentimientos diferentes a los vuestros, los humanos. Sin embargo, creo que te preocupa más no volver a ver a la chica, que a su hermano. ¿No es cierto…? -dijo el dragón sonriendo.
 -¡Pero qué dices! Creo que era mejor cuando estaba callado - manifestó el chico, algo molesto.

Aunque Kevin no lo sabía, principalmente porque no lo admitía; Yúnik estaba en lo cierto. Sus sentimientos hacia Susan eran más intensos. Estaban cambiando. Ya no eran los mismos que antes. Sentía hacia ella algo más que amistad. Y cada vez, que se separaban, como cualquier joven en la flor de la vida que siente algo así, la echaba de menos.


Siguieron su viaje…

A lo lejos se vislumbraba la gran cordillera central que separaba el oeste del este del continente. El Paso de Hielo atravesaba aquella larga cordillera justo por el centro. Kevin ya lo había cruzado una vez, y los recuerdos no eran muy buenos. Ahora la situación era muy diferente.
Sus inmensos y blancos picos se vislumbraban desde muy lejos. Y en este momento, los tenían enfrente.
El cementerio de dragones se encontraba algo más al norte. Con que Yúnik giró y cambió levemente su rumbo. Les vendría bien, porque evitarían el terrible frío de los grandes picos nevados, que seguro les retrasarían.
Kevin pudo ver por primera vez allí abajo, los inmensos muros de la fortaleza enana. Rodeada de montañas, Zenoria aunque como Nordia estaba construida bajo tierra; a diferencia de ésta, que sólo tenía sus grandes puertas en el exterior… tenía una gran fortaleza de enormes muros pardos como las rocas de aquellas montañas, para defenderse desde el exterior de posibles ataques. El estilo se parecía, en cierto modo, al Sumerio y al Anatolio antiguo que Kevin había estudiado en La Tierra.

Pudieron ver los enanos que la defendían, pero éstos nos los atacaron…

…estaban acostumbrados a que los dragones sobrevolaran sus muros; tanto el habitat como el cementerio de los lagartos alados, no se hallaba lejos de allí.




Llegó a lomos de su unicornio negro.

Éric encontró La Academia de los Caballeros Longorianos justo donde Silvan le dijo, a medio camino entre los reinos de Longoria y Mirania.
Era una gran construcción rectangular, con un ligero aire medieval, aunque su estilo era mucho más innovador… parecido al de los edificios de la nobleza longoriana, -muy diferentes del estilo medieval; más parecido a estilos como el Bizantino, el Mogul tardío, el Otomano o el Safavid-, pero hecho de grandes bloques de tierra arcillosa, en lugar de piedra, mármol o cuarzo; y a diferencia del palacio, si tenía esquinas.
Éric pensó que la academia debía ser más antigua que los edificios de la ciudad. Seguramente, debieron construir la ciudad mucho después que la academia. Comenzando con un pequeño asentamiento, que más tarde dio lugar a ella.

Éric se acercó hasta la entrada. Dos guardias armados con lanzas y floretes, le salieron al paso. Arriba, en dos torres situadas a ambos lados de la entrada, había otros dos guardias armados con sendos arcos y otros dos floretes.
 -Quiero pertenecer al Cuerpo de Caballeros Longorianos. ¿Qué he de hacer, para ello? -les preguntó Éric.
Los dos guardias se miraron el uno al otro. Los dos pensaron lo mismo, aquel chico debía ser el joven de la profecía que montaba el unicornio negro.
 -Lo primero, conseguir una entrevista con Jéstad. Algo bastante difícil. Pero, tratándose de ti… quien sabe, quizá te la conceda.
 -¿Quién es Jéstad?
 -Él manda en todo lo que ocurre aquí, en la academia. Es el Superior.

Uno de los guardias fue enseguida a dar el aviso. No tardó en volver.
 -Tienes suerte. Le conté quien eras, y el Superior me dijo que te dejásemos pasar. Tiene curiosidad, quiere conocerte.

Momentos después, Éric se encontraba en la sala de audiencias. El Superior no se hizo esperar.
-Es un honor, que alguien como tú quiera ingresar en el cuerpo. Estoy al corriente de la ayuda que has prestado al reino. Por ello, me sentiría orgulloso de que pertenecieses al Cuerpo de Caballeros Longorianos.
 -Os lo agradezco, Superior. A eso he venido, quiero convertirme en uno de vosotros.
 -Has de saber que la vida en la academia es dura; y que no tendrás privilegios por ser quien eres. ¿Sigues queriendo formar parte de ella?
 -Sí, señor.
 -Aún puedes cambiar de idea.
 -No lo haré. Deseo formar parte del cuerpo.
 -Entonces… has entrado en la academia, chico.

Poco después, Éric recorría cada uno de sus rincones. Le enseñaron donde aprendería a combatir, las habitaciones, el comedor, donde aprendería la teórica y la estrategia. Luego le entregaron su nueva ropa de principiante, y la que sería su nueva cama; y le informaron sobre el horario que a partir de mañana debía cumplir. Al anochecer, comió por primera vez junto a sus nuevos compañeros, y se acostó a la hora indicada.
A la mañana siguiente, se presentó junto a los demás principiantes en la arena donde entrenaría por primera vez.
Cuando el instructor apareció ante ellos, a Éric le dio un vuelco el corazón. Se trataba del hombre por el que se había inscrito en la academia. Aquel que venció a todo un minotauro.

Su primer entrenamiento fue con el florete, arma principal de los caballeros longorianos. Su manejo era muy distinto del de una espada, así, que necesitaría mucho tiempo para acostumbrarse al cambio.
En las sucesivas clases, entrenó con muchas otras armas. Como era el nuevo, el resto de principiantes habían alcanzado un nivel que a él le resultaba difícil conseguir.
Tras una de las clases, Éric pudo hablar con Járeth. Le contó que vio su pelea con el minotauro, y, que desde entonces, quiso pelear como él, y, que cuando supo lo de la academia, se propuso pertenecer al Cuerpo de Caballeros Longorianos.
El instructor se sorprendió un poco, por todo, y le dijo que tendría que mejorar mucho con todas las armas. Sólo cuando considerase que estuviese preparado le haría una prueba. Si la superaba, pasaría del entrenamiento de principiante al de caballero.




Susan había iniciado junto a Erwlyn su noviciado como dama de compañía de la reina.
Todo fue nuevo para ella al principio. Pero con el paso de los días, fue acostumbrándose. Erwlyn la ayudó en todo lo que pudo, y ambas se hicieron muy buenas amigas.

La reina, que era muy observadora, le dijo un día a Susan que tenía aptitudes como däisien -lo que en la Tierra se conoce como relaciones públicas-.
A ella le sorprendió. Nunca se le hubiese ocurrido. De todos modos, aceptó el cumplido. Pero la reina fue aún más lejos… le propuso presentarse a las clases para convertirse en däisien. Le dijo además, que si algún día lo conseguía, podría realizar ambas funciones sin problema.
Susan no le dio una respuesta inmediata. Sólo le dijo que pensaría con tiempo su decisión.

La reina la comprendió, y le dijo que esperaría esa respuesta, el tiempo que ella necesitase.




viernes, 21 de noviembre de 2014

Capítulo 25 de Dragonstones 1






 

COMIENZA LA BATALLA





En la mañana del día siguiente al que el grupo se hizo con la piedra verde, en Longoria ya estaban preparados para la batalla.





Por otra parte, en el valle al sur, un explorador se sobresaltó de pronto.

Había estado recostado sobre el tronco de un árbol, y se despertó debido a un ruido. Sonaba como un murmullo sobre la tierra, más bien como un estruendo.

Lo formaban cinco mil hombres, unos mil caballos, y algunos cañones.



Cuando vió una nube de polvo a lo lejos, supo lo que era… de modo, que no tardó en mirar con su catalejo.

Vió lo que imaginaba, al ejército de proscritos.

Decidió no perder más tiempo. Tomó su caballo y salió a galope hacia la puerta sur de la gran muralla de Longoria.



Y llegó gritando:

-¡Dejad paso, ya vienen!



Enseguida, abrieron las puertas.





Poco después, Ántrax que se estaba ocupando de todo, llegó a la sala donde se encontraba el Rey Mónckhar, y le dijo:

-Padre, ya han llegado. Acaba de decírmelo el explorador que envié.

-Sabía que estaban al llegar. Pero… no los esperaba tan pronto. ¿Están todos en su sitio? -preguntó Mónckhar a su hijo.

-Sí, padre. Todos están preparados.

-Pues, reunámonos con ellos.

-¡Estaba deseando escuchar eso!





Más tarde, ambos, que previamente se habían reunido con el Rey Almare y con el general silvano Máblung, para darles la noticia, llegaron hasta la gran muralla.

Se encontraban cerca de la puerta sur de la ciudad. Desde allí, vieron como el ejército de proscritos se acercaba.

Avanzaban despacio, porque los caballos iban tras los hombres a pie. Y además, traían cañones y escaleras de asedio.

-Deben sumar unos cinco mil hombres. Demasiados para nosotros. Sumando longorianos y elfos silvanos, sólo somos tres mil -concretó Ántrax.

-No subestimes nuestra defensa hijo. Esta muralla ha sido siempre un muro infranqueable para nuestros enemigos. Y nosotros, nos defenderemos desde aquí arriba.

-Ojala estuviera tan tranquilo como tú, padre.





Abajo, el ejército de proscritos por fin llegó hasta las inmediaciones de la muralla.



En él había hombres de todas las partes de Shakával...

...Humanos árabes, morenos tanto de piel como de pelo, altos y delgados, y de ojos oscuros. Iban armados con espadas.

...Humanos nómadas de la estepa, parecidos a los árabes, pero menos morenos. Utilizaban lanza.

...Nórdicos de piel clara y pelo pelirrojo, castaño o rubio, empleaban tanto espadas como grandes hachas. Entre ellos había algunos bárbaros y vikingos.

...Orientales, de piel amarillenta, ojos rasgados e inclinados, manejaban espadas, lanzas y ballestas.

...Sureños, de piel negra, traían lanzas.

...Pieles rojas, recurrían a lanzas y arcos.

Y, por último...

...humanos mundanos como su líder Márenon, representaban la mayoría del ejército de proscritos. Eran de piel clara y pelo que iba del negro al blanco, pasando por el castaño y el rubio.

Se valían de espadas, arcos, lanzas, cachiporras, y armas de pólvora. También, transportaban cañones y escaleras de asedio.

-La verdad… pienso que han venido bien preparados -declaró Máblung a Almare, Mónckhar y Ántrax.

-Dicen que los elfos silvanos sois los mejores arqueros de todo Shakával, y que tenéis una excelente puntería. Si eso es cierto… ¿serías capaz de acertar en el corazón de alguno de ellos, desde esta distancia? -preguntó el príncipe Ántrax a Máblung.

-¡Ni lo dudes! -contestó-. ¡Arqueros, justo cuando yo alcance al primero con una de mis flechas, lanzad las vuestras! ¡Entendido!



A su orden, los arqueros silvanos prepararon sus arcos. Seguidamente, Máblung tensó su arco con una de sus flechas, y apuntó hacia el cielo.

En un instante, la flecha salió disparada de su arco y surcó el aire. A lo lejos, se vio como impactó en el pecho de uno de los proscritos, atravesándole el corazón.



El ejército de éstos y su líder vieron como aquel hombre cayó al suelo, muerto.



-¡Malditos elfos! -exclamó Márenon-. ¡Que los arqueros, pieles rojas, se adelanten formando una primera línea, y lancen su ataque! ¡Y que tras ellos, los secunden una nueva línea de arqueros mundanos!



No había acabado de dar la orden cuando, una infinidad de flechas caía desde el cielo, alcanzando la mayoría su objetivo.

Causaron un gran número de víctimas, casi todos arqueros; pues eran los que iban delante. Pero Márenon se dijo a si mismo, que la batalla sólo había comenzado, y ahora le tocaba golpear a él.

Los arqueros pieles rojas tuvieron que avanzar más adelante porque, aunque eran muy buenos con el arco debido a que tenían una gran puntería; sus arcos no tenían la potencia que tenían los de los elfos silvanos.



Cuando se situaron a una cierta distancia… los pieles rojas lanzaron sus flechas. Unos metros detrás, venía una segunda fila de arqueros mundanos.

Mientras tanto, seguían cayendo flechas silvanas y muriendo más proscritos.

Los arqueros mundanos lanzaron también las suyas, y en el cielo, se cruzaron con la de los elfos silvanos. Y ambos bandos sufrieron más pérdidas.

Esta situación se fue sucediendo varias veces. Mientras, el ejército de proscritos avanzaba, tras sus arqueros, hacia la muralla.



-¡Dejad de lanzad flechas! ¡Que los cañones que marchan detrás, abran fuego… y que un grupo busque un gran árbol para talarlo e intentar derribar las puertas! -ordenó Márenon a su ejército.



Y los cañones abrieron fuego…



Hicieron que la impenetrable muralla longoriana no pareciese tal. Se formaron muchos agujeros en ella, pero no lograron atravesar sus tres metros de grosor, aunque si alcanzaron a varios soldados longorianos y elfos silvanos.

-¡Maldita sea! -gritó Mónckhar- . ¡Que esos condenados sepan que no son los únicos que disponen de cañones! ¡Abrid fuego!



Los que había situados en la calzada que había encima de la muralla, enseguida hicieron su cometido, como su rey había ordenado. Al alcanzar a los hombres del ejército enemigo, lograron acabar con muchos, de modo, que el ejército proscrito tuvo que romper su formación, por el pánico.



Mientras ambos bandos lanzaban fuego, los hombres del ejército proscrito habían acabado de talar un enorme árbol, que prepararon para poder atacar las puertas de Longoria.

Los cañones de ambos bandos, en ese momento, se quedaron sin munición. Pero para ese entonces, ya habían hecho mucho daño. La muralla tenía destrozos por todos lados, aunque ningún agujero. Y habían muerto longorianos y elfos.

En el bando contrario, habían sufrido innumerables pérdidas. Habían acabado con unos mil quinientos hombres. Mientras, que entre longorianos y elfos silvanos, sólo habían muerto quinientos. A pesar de todo, el ejército proscrito seguía siendo superior.



-¡Traed las escaleras de asedio! -gritó Márenon.

Inmediatamente, trajeron varias escalinatas larguísimas, para que pudieran alcanzar la altura de la muralla.

Arriba, Ántrax dijo:

-¡Que esté preparado el aceite hirviendo! ¡Intentaremos evitar que entren dentro, a cualquier precio!



Abajo, colocaron las escaleras de asedio sobre la muralla, e iban subiendo por ellas. Desde arriba, intentaban, a veces con éxito, separarlas. Los soldados proscritos caían abajo, pero, volvían a ponerlas para volver a intentar subir hasta arriba.



Al mismo tiempo, un gran número de soldados proscritos llevaron el gran tronco, ya preparado, para derribar las puertas. Arremetieron con el ariete, contra ellas, con gran fuerza, pero no lograron abrirlas… ya que desde dentro, muchos de los soldados longorianos intentaban impedírselo.



-¡Verted el aceite hirviendo! -ordenó Ántrax.



Así lo hicieron. Y los soldados que subían por las escaleras caían gritando de dolor. Pero a pesar de ello, no desistían.

Tenían que impedirlo a toda costa. Así que, tanto los arcabuceros de la muralla como los elfos silvanos tuvieron que matar a muchos para impedirlo. Pero, tanto en lo alto como en las puertas no resistirían mucho más.

El ejército de proscritos seguía intentándolo una y otra vez incansablemente, porque sabían que al final, alcanzarían su objetivo.



Arriba de la muralla, los proscritos habían logrado subir hasta final de las escaleras. Pero, los longorianos trataban de impedir su entrada, luchando contra ellos, con las espadas.

Ántrax se había unido a sus soldados. Luchaba hombro a hombro con ellos; y por el momento, conseguían su propósito.



Abajo, en las puertas, las acometidas eran cada vez más difíciles de parar. Y el soporte que mantenía la puertas cerradas, no aguantaría mucho más.

Tras ellas estaba el Rey Mónckhar preparado tras un gran número de soldados longorianos, que intentaban mantenerlas cerradas. Él y éstos intentarían defender la entrada, si los proscritos lograban abrirla.

Desde arriba, Máblung y los elfos silvanos ayudaban con sus arcos a Ántrax con los proscritos que subían por las escaleras de asedio. Y Almare y el resto de elfos disparaban flechas contra los enemigos que arremetían contra las grandes puertas del sur de la muralla.

Tanto unos elfos como otros eran una gran ayuda para los longorianos, pues sin ellos los proscritos ya habrían entrado dentro.



-¡Vamos, casi hemos alcanzado nuestro objetivo! ¡Haced un último esfuerzo, y lograremos entrar! -gritó el general Márenon, al ejército de proscritos.

Éstos respondieron alzando sus armas y dando un grito de guerra:

-¡A por ellos!



Esta vez, arremetieron como si una energía renovada los impulsara al interior. Y al fin, lograron que las puertas de Longoria cedieran.

La entrada se abrió, y algunos de los soldados que había tras ellas, cayeron al suelo derribados por el fuerte golpe.

Los proscritos entraron, y los longorianos no tuvieron más remedio que defender la entrada como pudieron.



-Seguidme -dijo Almare-. Tenemos que ayudar al Rey Mónckhar a impedir que entren en Longoria.



Los elfos silvanos que estaban junto a él lo siguieron, y dejaron a Máblung y Ántrax defendiendo la muralla.



Abajo, la lucha entre espadas, hachas y lanzas era frenética. Luego, se unieron las ballestas y arcos de los proscritos, y los arcos de los elfos silvanos.

Pero a pesar de todo, sus enemigos seguían superándolos en número. Por eso, muy a su pesar, lograron atravesar la muralla. Y allí, dentro de Longoria, siguieron luchando.



Pero, tanto abajo como en lo alto, las fuerzas del bien iban cediendo terreno al ejército de proscritos.



Pronto, caerían derrotados ante el ejército enemigo…