viernes, 6 de junio de 2014

Capítulo 3 de Dragonstones 1




SILVANYA


   Dejaron el valle de los unicornios y se adentraron, de nuevo, en el bosque. Estaba lleno de luz, y en él, el canto de los pájaros se sentía continuamente, alegrando la vida de todos los que allí vivían.

Avanzaban por el bosque, cuando…  Susan vio un pájaro maravilloso. Era de color rojo, con el pecho anaranjado, una cresta en la cabeza de color escarlata, y una cola morada.
Su tamaño era algo más grande que el de un águila normal.
 -Es un fénix, un ave que veneramos. No son muy abundantes, pero tienen el poder de convertirse en fuego para morir, y después renacer de sus cenizas. Además, tanto sus plumas como sus lágrimas tienen propiedades mágicas -Isilion les contó todo esto, con mucho entusiasmo. Le tenía un gran aprecio a esos pájaros.

Más adelante, volvieron a encontrarse con el río cristalino. Allí, pararon para llenar sus cantimploras y dar de beber a los unicornios. A continuación, todos cruzaron el río.
A partir de aquí, para los chicos todo era nuevo.

Durante un rato, no ocurrió nada. Pero… mientras cruzaban el bosque, poco después, escucharon el susurro de una voz que parecía angelical. Era la voz de una mujer, que decía:
 -“Niños humanos, sois los elegidos. Venid aquí”

Todos, ensimismados, siguieron el sonido de la voz… hasta llegar a un pequeño claro del bosque.
Allí, se le acercaron seres diminutos que volaban y estaban iluminados como las luciérnagas… pero, que en cambio, tenían el cuerpo en miniatura de una mujer con las orejas puntiagudas.

Parecía que los invitaban a que las siguieran.

 -Podéis confiar en ellas. Son pequeñas hadas -contó Isilion a los muchachos.
 -¿Puedo tocar una, para comprobar que es real? -preguntó Susan.
 -Creo que sí, supongo que no les importará, parecen sociables -respondió Isilion.

Susan se acercó a una de ellas, y, con su dedo índice la tocó. Ésta desprendió un polvo mágico y luminoso, que en realidad era polen recogido de las flores. Éste, al ponerse en contacto con la piel del hada, se convertía en este polvo.
Éste llegó hasta la nariz de Susan, e hizo que estornudara.

 -No lo volveré a hacer -le dijo Susan a Isilion.
 -Creo que los polvos luminosos tienen el poder de hacer estornudar. Seguro que es una defensa contra los enemigos, para que no las intenten atrapar -explicó, muy bien, el elfo.

A continuación, siguieron a las hadas y llegaron hasta un gran claro donde había una luz que llegaba a cegarlos, si la miraban con detenimiento. Esta luz… intensa, cálida y tranquilizadora, fue cesando en luminosidad. Entonces, pudieron ver que había un pequeño estanque entre la hierba, rodeado de grandes y hermosas flores. Detrás, había rocas, de dónde manaba el agua que caía hasta el estanque. Ésta brotaba de la nada. Era algo mágico.
Los chicos dejaron de mirar hacia el estanque y fijaron sus miradas hacia el lugar donde provenía la luz. Sobre las piedras había una gran piedra plana, y sobre ésta, se encontraba una hermosa mujer con alas de mariposa, transparentes; como las pequeñas hadas. Vestía una ropa fascinante, pero a su vez muy liviana y totalmente blanca. Igualmente, sus cabellos dorados con tonos plateados, le daban aún un aspecto más deslumbrante.
Mientras el grupo la observaba, cegados por momentos por la intensa luz; el hada con una voz dulce y embriagadora, dijo:
 -Bienvenidos humanos, soy el hada del bosque iluminado. Os quiero decir que sois los elegidos por los dioses para la difícil misión de encontrar las ocho piedras de colores, las “Dragonstones”.
La piedra que poseéis tiene un gran poder. Un poder que requiere una gran responsabilidad. Tendréis que sortear muchos peligros; pero a pesar de ello, nunca dejéis que esa piedra caiga en malas manos. Para ello, debéis protegerla incluso con vuestras propias vidas. Por eso, os entregaré un frasco de cristal con agua curativa. Bebedla cuando os hieran, pero no desperdiciarla.

Tras decir esto, el hada les dio un frasco a las hadas pequeñas. Una lo abrió; y otra llenó el frasco de agua del estanque. Luego, una tercera recogió polen de aquellas flores, y lo espolvoreó sobre el contenido del frasco. Al caer, el agua se volvió luminosa. A continuación, lo cerraron  y se lo entregaron a Susan.
Ésta lo cogió:
 -Muchas gracias -dijo, agradecida.
 -Tendremos muy en cuenta lo que nos has dicho. Puedes estar segura que protegeré la piedra con mi vida -dijo Kevin, sabedor de lo mucho que pesaría esta promesa.

Tras despedirse todos… el hada y sus pequeñas compañeras, junto con el estanque, las rocas, y las flores, desaparecieron… poco a poco.
Había parecido un espejismo, pero no fue así. Porque Susan aún conservaba el frasco que el hada le regaló.
 -Tenéis suerte. Pocos son los que han visto un hada. Incluso yo, un elfo, nunca ví una antes. Sólo escuché leyendas sobre ellas -dijo Isilion, una vez que desaparecieron las hadas.


El bosque en el que se encontraban, se llamaba el bosque iluminado por muchas razones, aparte… de por la abundante luz que entraba entre los árboles.

Los habitantes del bosque vivían en armonía con él. Por eso, siempre se oía el canto de los pájaros. Además, los animales podían correr por él, sin temor alguno. Era un bosque en el que había: ardillas, comadrejas, conejos, ratones, nutrias, zorros, jabalíes, osos, muchos pájaros… y hasta un ciervo blanco, mágico.
Los chicos, mientras atravesaron el bosque, sólo vieron: ardillas, conejos, un zorro, un búho, el fénix y algunos pájaros cantores.
Era un bosque lleno de vida, magia, paz, y tranquilidad… Y era el bosque más hermoso del continente de Bábylon. Gracias también, al verde de sus árboles y de su vegetación.

Habían atravesado gran parte de él… cuando Isilion se detuvo, de repente.
 -Chicos, hemos llegado. Detrás de esos árboles, se encuentra mi pueblo, Silvanya. Estoy seguro de que os alegraréis de haber venido.

Avanzó hasta la entrada; y ellos, montados en sus unicornios, lo siguieron.

Se encontraban, ante la entrada a Silvanya. Ésta tenía enormes arcos, hechos de madera.
Abajo, había tres arcos; y sobre estos tres, otros tres. Y todos tenían hiedra enredada.
Los del centro estaban sostenidos por columnas de madera. Esculpidas en éstas, había estatuas de antiguos reyes elfos.
Los arcos que había a cada lado de los del centro, se unían a los troncos de los dos enormes árboles.
Los arcos tenían labradas formas y figuras élficas.
Encima del arco central de abajo, que no tenía puertas porque los elfos querían sentirse en comunión con el bosque, había una inscripción situada entre dos farolillos que se encendían cada noche; que decía una frase en élfico:

<< ELENDIL    MARATULDA     COAMNANN A >>

Que venía a decir, algo como:

<< AMIGO DE LOS ELFOS, BIENVENIDO A CASA >>.

Los muchachos cruzaron la entrada, y vieron algo que jamás hubieran imaginado. El pueblo parecía formar parte del propio bosque, porque era totalmente de madera.
Los elfos habían arrancado de raiz los árboles que había donde ahora estaba el pueblo; y después, plantaron en los alrededores del lugar, dos árboles, por cada árbol talado.

El pueblo tenía una enorme plaza donde no crecía la hierba, pero estaba casi  cubierta de hojas secas de árboles caídas.
En el centro, había una fuente, (la única cosa de aquél sitio, que no estaba hecha de madera, sino de piedra), y dentro de ella había una estatua que representaba a Líadriel, dios elfo, del vino y las canciones.
A ambos lados de la plaza, estaban: las posadas, la herrería, la carpintería, la sastrería y muchas otras cosas.
Asimismo, había unas escaleras en el centro de cada lado, que ascendían hasta una gran plataforma que había alrededor de los dos enormes árboles; y que unía, unos con otros. Encima de éstas, había casas con tejados que caían a ambos lados.
Estas grandes plataformas tenían unas barandillas que daban a la plaza. A los chicos, les recordaba… las terrazas de su mundo. Las escaleras no terminaban en estas casas, sino que ascendían a una segunda plataforma, aún, más alta; donde había más viviendas.
A ambos lados de la plaza, detrás de los grandes árboles que daban a ella… había una calle y después más casas, dispuestas de la misma manera que las de antes.
En el fondo de la plaza, había un árbol. Abajo, junto a éste, estaban: las salas de reuniones, la cámara principal y muchas otras estancias, con distintas ocupaciones.
Este árbol tenía unas escaleras que subían en espiral, alrededor de él, hasta arriba; dónde estaba la casa del rey de los elfos silvanos y su hija, la princesa Mialee. Una casa enorme y hermosa, que tenía un gran balcón, que miraba a la plaza.
Para concluir, todo el pueblo estaba lleno de farolillos que encendían de noche; y que en la oscuridad, parecían grandes luciérnagas. En cambio, de día, al no haber árboles, Silvanya se veía iluminada,  por la luz de los tres soles.




El grupo se adentró en el pueblo…

Los elfos los miraban extrañados, debido a las ropas que vestían.
Un elfo saludó a Isilion:
 -Hola, traes una buena cría de unicornio -el pequeño animal parecía recuperado y con fuerzas; y tenía un color marrón, muy saludable.
 -Sí, seguro que será tan bueno como su madre -respondió-. Por favor, llévate los unicornios y trátalos bien -el otro elfo hizo lo que le dijo, sin mediar más palabras.

Enseguida, los chicos llegaron al fondo de la plaza…

 -Entrad conmigo. Os llevaré a la sala de invitados -les indicó el elfo.

Éste, una vez los llevó, se retiró. Con todo, enseguida fueron atendidos.
Los chicos se sentaron, y las muchachas elfas les pusieron de comer. Mientras, Isilion se fue a buscar al rey, para informarlo de todo.
En la mesa de la sala de invitados había: jabalí en salsa de almendras, para comer; zumo de grosellas, para beber; y de postre tenían… un surtido de frutas del bosque, muy variado.
Los muchachos comieron con mucho entusiasmo, pues llevaban mucho sin probar algo tan apetecible. Desde que llegaron a Shakával, sólo habían probado pescado, algo que ya les parecía repetitivo, y algunos frutos del bosque, que les dio aquel elfo, la noche anterior.

Isilion entró en la sala del trono. Allí, se encontraba el rey, un elfo de un metro ochenta con una larga melena negra suelta y grandes ojos azules… sentado junto a su hija, situada de pie, a su lado.

Cuando la princesa Mialee y él cruzaron las miradas, la pasión dominaba sus corazones. Ella incluso se ruborizó. Aunque, trató de disimularlo. Porque ellos sólo se veían a escondidas. Si el rey llegase a descubrirlos… no consentiría que ella se casase con un arquero.


Mialee era una princesa elfa, preciosa. Lucía una larga melena ondeada de color negro, que llevaba normalmente suelta; y, tenía unos grandes ojos rasgados, de color claro, muy lindos.
Su edad, diez años menos que Isilion; y su altura, un metro con setenta y cinco.

Estaba verdaderamente hermosa aquel día…

Eso mismo pensó Isilion al ver el vestido que llevaba puesto. Largo y rojo, y abierto a ambos lados a la altura de sus piernas. A la par, tenía un escote caído y manga larga.
Además, llevaba: una capa blanca, y adornos en el pelo, cuello y dedos de las manos.

Sin embargo… no siempre vestía tan elegante. Isilion la había visto cuando tenía que luchar. Entonces, cambiaba esta ropa por otra más adecuada, que llevaba siempre en su unicornio.

Pero a pesar de ello, siempre estaba radiante.

Como armas, utilizaba un “arco corto de los antiguos”, “dagas arrojadizas simétricas” y un anillo llamado “Suerte de Yondalla”.


Isilion contó todo al Rey Almare, y éste decidió que su hija Mialee llevase a los chicos a Longoria; la principal ciudad de Shakával, la ciudad de los hombres. Allí, el consejo sabría donde llevar la piedra y decidiría el destino de ésta y de los chicos.
El Rey Almare también ordenó a Isilion que acompañara y protegiera a los chicos, hasta que llegasen a Longoria. Era razonable, porque había sido él quien los había traído a Silvanya.

Antes que todos partieran, Almare había enviado una paloma blanca mensajera, para avisar al consejo, y que tuvieran todo listo para cuando llegasen los chicos.



Después, el Rey Almare se despidió de su hija, en idioma élfico:
 -Mára mesta. (Buen viaje). Entula rato. (Vuelve pronto) -y su hija Miallee le respondio:
 -Hantalë. Frelyar merin sa harya. Lyë rato. (Gracias. Tus deseos, espero que recibas pronto).
 -Mique-li. Namárië!  (Muchos besos. ¡Adiós!)
 -Namárië!  (¡Adiós!)



Isilion volvió con los chicos, les presentó a Mialee, y les contó lo que tenían que hacer.
Ellos se alegraron porque una princesa elfa, tan apuesta y distinguida, se molestara en acompañarlos a la ciudad de Longoria: la ciudad de los hombres, que fue fundada por los descendientes de los primeros muchachos que vinieron del mismo mundo, que Kevin, Éric y Susan; y que reunieron las Dragonstones.

Montados en sus unicornios, los chicos y los dos elfos dejaron Silvanya.

El unicornio de la princesa era marrón, como el unicornio pequeño. Se parecían, porque el de Mialee era el padre del pequeño.

En poco tiempo, llegaron al límite del bosque iluminado; ante sí, tenían campos con verdes prados. Éric, entonces, animó a su unicornio a cabalgar. Luego, dijo a los demás:
 -¡A que no me seguís!
 -¡Eso crees tú! -expresó Kevin.
 -¡Esperad, no sabéis el camino! -comentó Isilion.

Todos siguieron a Éric. Isilion y Mialee lograron alcanzarlo y aventajarlo. Seguidamente, dirigieron a todos.
Tras una larga carrera, llegaron de nuevo al río cristalino; pero por una zona más baja, cerca de Longoria.

Como oscurecía… decidieron parar allí, para descansar. Mañana, con tiempo, seguirían hasta llegar a Longoria.

Lo primero que hicieron fue dejar los unicornios cerca del río. Allí podrían descansar, comer y beber.
Mientras los chicos preparaban el fuego, Mialee dijo que se daría un baño antes de comer.
Isilion no quiso desaprovechar la ocasión, de modo que se escabulló cuando los chicos estaban distraidos, y con el sigilo de un elfo (nunca mejor dicho),  la siguió.

Mientras la princesa elfa, con delicadeza, se deshizo de sus ropas; el elfo, tras unos arbustos, la observaba… y se embelesaba con su hermosura.

Isilion y Mialee se amaban, pero aún no habían pertenecido el uno al otro. Por supuesto, no sólo era eso… sino, que ésta era la primera vez que el joven elfo la veía desnuda.

La princesa se metió lentamente en el agua, nadó un rato, y después salió del río.

Isilion, cuando la vio abandonar el agua, se quedó maravillado. Los cabellos de su melena negra azabache, caían empapados sobre su pecho… al igual que las gotas de agua que se deslizaban por su piel, acariciándola... sobre las cual se reflejaba la luz de las estrellas, produciendo una imagen de ensueño.


Isilion no pudo resistir más, y salió de detrás del arbusto. Ella lo esperaba, pues fue a nadar al río con la intención de que él la siguiera. Porque no sabía si iba a tener otra ocasión como ésta, junto a su amado, fuera de Silvanya.


 Enseguida la cogió, y con pasión, la atrajo hacia su pecho...

… la arropó con sus brazos, y luego, con sus dedos, cariñosamente, coqueteó con sus humedecidos cabellos. Seguidamente, bajó su mano progresiva y suavemente, por su agraciada espalda; mientras ella abandonaba su cabeza sobre su hombro.


Cuando dejó de acariciarla, se miraron a los ojos. Entonces, ella le dijo en élfico, que lo amaba con toda su alma; pero… que no quería entregarse a él, sin que su padre lo aceptara como yerno; pues lo quería y respetaba mucho. Además, prometió a su madre, cuando esta murió, no disgustarlo nunca.
Isilion le dijo que aquello cambiaría… que conseguiría que el Rey Almare lo aceptara, y que aprobase una boda entre ambos.
Tras esta declaración de amor, los dos se secaron y ella se vistió. Luego, volvieron junto al fuego, y entonces los chicos comprendieron muchas cosas.

Cenaron sin pronunciar prácticamente palabra… todos estaban un poco cohibidos. La única conversación que tuvieron fue la del tema de las guardias. A pesar que Kevin y Éric se ofrecieron,  Isilion se negó, dijo que sería él; conocía aquel mundo, algo que ellos no, y tenía los sentidos mucho más desarrollados. Así que no hubo discusión. Sería él que haría la guardia durante la noche.

Al mismo tiempo que vigilaba, observaba a Mialee, mientras dormía. Y pensaba… que si conseguía ayudar a los muchachos a encontrar las Dragonstones, el Rey Almare no vería mal la unión con su hija.


A la mañana siguiente, recogieron todo y se dirigieron a Longoria; que estaba a una hora, al otro lado del río.

viernes, 30 de mayo de 2014

Capítulo 2 de Dragonstones 1





SHAKÁVAL


  Los muchachos aparecieron, con la piedra que se había vuelto transparente, en una cueva parecida a la que habían estado.
La iluminaron y vieron que había un hueco en la pared del tamaño de la piedra que tenían en su poder.
Siguieron mirando, y también vieron inscripciones en las paredes; pero estaban en un idioma que desconocían, el élfico. En éstas ponía cosas como: “La Piedra Multicolor, una piedra para encontrar a las demás... prevenir de los dragones... dominar a Ilrahtala… y viajar a otro mundo”. Como no entendían aquel idioma, decidieron salir de la cueva. Kevin, la guardó entonces en su mochila. Después, los exploradores siguieron adelante y encontraron también una gruta con estalactitas y estalagmitas. Ésta no tenía puente, sino algo mejor. Abajo, en el suelo, corría un pequeño riachuelo semejante a un arco iris, aunque con colores diferentes. Los mismos que la piedra emitió cuando la encontraron.
Los tres chavales siguieron por el riachuelo, y éste los llevó a la salida de la cueva. Allí, el agua del arroyo se volvía transparente y se unía a una cascada que caía desde más arriba.
Pasaron al otro lado de la salida, y comprobaron que aquel lugar no era el mismo por el que entraron. Como ya suponían, no se encontraban en el mismo lugar.



Tenían hambre, y pronto anochecería. Así, que pensaron que lo mejor era encender un fuego, junto al río.
Ya tendrían tiempo mañana de averiguar donde se encontraban.
Kevin fue en busca de leña y Éric se quedó junto a su hermana, buscando en la mochila la caja de cerillas. Poco después, el primero volvió con la leña y el segundo encendió el fuego. Luego, Susan ensartó el pescado en pequeñas ramas finas y lo hizo a la brasa… le salió delicioso.
Se comieron todo el pescado que sus estómagos admitieron, y bebieron un poco de agua de sus cantimploras, y luego decidieron, que las guardias las harían sólo chicos.
Cada uno haría dos, de dos horas, alternándose ambos, para poder descansar.

La primera la hizo Kevin. Susan y Éric enseguida se quedaron dormidos.
El muchacho al permanecer en silencio, logró escuchar varias cascadas. El ruido que hacía el agua de éstas, resultaba tranquilizador.
Como pronto anocheció, no tuvieron tiempo de inspeccionar la zona. Fue por eso, que en un principio pensaron que sólo había una cascada.

Pasaron las dos horas, por el reloj de Kevin, y antes de quedarse dormido, despertó a Éric para que hiciera su guardia:
 -No te preocupes por los ruidos. No te alejes de aquí. Y sobretodo… no te quedes dormido.
 -Tranquilo, sabes bien que puedes confiar en mí.

Éric, aunque se moría de ganas de inspeccionar la zona, no lo haría. Se lo había pedido su mejor amigo, y no lo defraudaría.
El tiempo para él se hizo mucho más largo, pues le desesperaba estar allí, quieto y aburrido; y sin poder charlar con nadie.
Dos horas más tarde, despertó a Kevin... Y dos horas después, ocurrió justo lo contrario. La última guardia fue interminable para Éric. Al final, no pudo aguantar y se quedó dormido.



Al aparecer los primeros rayos de luz, algo húmedo tocó la cara de Susan, e hizo que ésta se despertara. Cuando abrió los ojos, llegó a pensar si aún estaba soñando. Lo que había sentido sobre su cara era el lamido de algo parecido a un caballo.
Lo observó en silencio y boquiabierta. Sobre la cabeza tenía un cuerno y parecía muy amigable. Era un unicornio… Una especie de caballo, muy inteligente y amante de la libertad.
Sólo se dejaban montar por alguien puro de pensamiento y obra, y se mostraban nerviosos si se les acercaba o atacaba alguien malo.
Con la magia de su cuerno proyectaban un aura mágica que los protegía a ellos y a sus jinetes de cualquier ataque.

Había otros dos más. Estaban dentro del río bebiendo agua. Cada uno era de un color distinto. El que la lamió, era blanco. Los otros: uno color ocre, y el otro, negro azabache.
Uno de ellos relinchó y provocó que Kevin y Éric despertaran. Al verlos, no creían lo que tenían delante. Susan advirtió a los chicos, con un susurro:
 -No os mováis, ni hagáis ningún ruido, tened cuidado o se marcharán.
Eran muy bonitos y sociables (al menos con ella). Por eso, no quería que se fueran.
Kevin cogió un poco de hierba fresca y fue acercándose, despacio, hacia el de color ocre. Cuando estuvo a su lado, le ofreció la hierba sobre la palma de la mano, y el unicornio la comió. Se aproximó aún más, y le acarició el cuello. El unicornio se dejó, y luego, se agachó para que el chico lo montara. Él sin ningún reparo, lo hizo.
A Susan le sucedió prácticamente lo mismo con el blanco, sin embargo, con el negro no. Era algo más bravo, y Éric tampoco le inspiraba demasiada confianza. Al final, al ver que los otros unicornios se acercaban al chaval, decidió hacerlo, tranquilamente, también él.
El unicornio notó que ambos tenían un espíritu aventurero y libre, así que dejó que Éric lo montara.



Los hermanos y Kevin se dejaron llevar por los unicornios, que los llevaron a través del río. Este, en algunas zonas, apenas alcanzaba un palmo de agua.
Los chicos, con sus mochilas a la espalda, vieron entonces, las enormes cascadas que la noche anterior escucharon.
Era un espectáculo hermoso para la vista.
Siguieron río abajo… poco después, Kevin, que marchaba delante, notó que su unicornio percibió algo. Los otros dos, enseguida, lo notaron también; parecía que algo o alguien se acercaba.



De pronto, aparecieron dos seres sobrenaturales, pero a su vez hermosas…que se pararon frente a ellos, y les preguntaron:
 -¿Quiénes sois?
 -Somos tres chicos, que nos hemos perdido en este bosque -respondió Kevin.
 -¿Y vosotras? -preguntó Éric, intrigado.
 -Somos náyades, y custodiamos este río -respondieron las dos jóvenes.
 -¿Náyades, nunca escuché nada parecido? -preguntó Susan.
 -Somos las ninfas de los ríos  -respondieron las féminas.
 -No me habéis aclarado mucho, pues tampoco sé nada sobre ellas -expresó Susan, algo confusa.
 -Ninfas somos todas las deidades femeninas de la naturaleza; las de los ríos y fuentes somos náyades. Nuestras amigas del mar son las nereidas. Las del bosque son dríades; y existen algunas más, como las de la selva -contestaron las náyades.
 -¿Podríais decirnos donde estamos? -preguntó Kevin.
 -Claro, se encontráis en el río cristalino. El río que atraviesa el bosque iluminado. Y venís de las cataratas de la ilusión, donde aparece el arco iris de los ocho colores, detrás del cual hay una cueva.
Se encontráis en el continente de Babylon, el único y gran continente de Shakával; el mundo mágico donde ahora estáis -les explicaron.
 -Ahora estamos, aún más confusos -dijo Éric, que no entendía nada.
Kevin dijo, entonces:
 -Algo está claro, la piedra que encontramos es una piedra mágica, y fue ella la que nos trasladó a este mundo.
 -Es cierto, y os trajo hasta aquí, a través de la cueva de Draicen. Ese lugar es un portal entre vuestro mundo y el nuestro. Tanto la piedra como él fueron creados por el dios neutral Draicen, para mantener un equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal.
 -Entonces, ¿no podemos volver a nuestro mundo con nuestras familias? -preguntó Susan, entristecida.
 -Sólo podréis volver, si reunís otras piedras mágicas… las Dragonstones -respondió una de las náyades.
 -Y… ¿cómo las conseguiremos? -preguntó Kevin.
 -Con la ayuda de La Piedra Multicolor. La que os trasladó a este mundo.
Dejaos llevar por los unicornios. Ellos os llevaran al valle donde viven; un lugar donde siempre hay algún elfo silvano. Encontrad uno, y os guiará hasta su pueblo, Silvanya. Allí os ayudarán. Nosotras no podemos hacer más por vosotros.
 -Lo tendremos en cuenta -respondió Kevin.
 -Gracias por la información -dijo Susan.
 -Adiós y mucha suerte -contestaron las náyades.
 -Adiós -se despidieron los tres chicos.



Kevin, Éric y Susan siguieron río abajo. Más tarde, los unicornios se apartaron del río para ir hacia la parte este del bosque. Al cabo de unas horas, llegaron donde acababa. Allí, justo al lado, estaba el valle de los unicornios.

En él había mucha hierba fresca. Estaba situado, entre el bosque iluminado, al oeste; el bosque de ignion, al este; las montañas de los halcones gigantes, al norte; y las montañas del reino enano de Zenoria, al sur.

Lejos, en el valle, había muchos unicornios, de varios colores. Cerca de uno de ellos, vieron a alguien. Se acercaron a él, y Kevin le preguntó:
 -Hola, ¿eres un elfo silvano?
 -Sí, lo soy -respondió, tras sonreír-. Esperad un momento. Después, me preguntáis lo que queráis. Ahora tengo que atender a esta cría de unicornio, que acaba de nacer -el elfo  se los mostró-. Además, su madre tiene que descansar.
Ésta era la montura del elfo. Él le tenía un cariño especial y solía cuidarla muy bien.

 El elfo terminó con el pequeño unicornio… entonces, les preguntó:
 -¿Queréis pasar la noche conmigo?
 -Pues sí, no tenemos otra alternativa. El día ha pasado y la noche llega -respondió Kevin.
 -Mientras coméis, podemos hablar. Confío en vosotros, pues ningún unicornio se deja montar si no es por alguien de buen corazón. Y habéis venido montados en uno cada uno -les comentó, con mucha razón. A continuación, se presentó a los chicos-. Oídme, me llamo Isilion; ¿y vosotros?
 -Ellos son: Susan y Éric… Son hermanos y mis amigos. Y yo soy Kevin -los tres saludaron al elfo.
 -Bueno, ya que hemos hecho las presentaciones… será mejor que preparemos algo para comer, antes que nuestros estómagos se quejen -observó.
 -De acuerdo -respondió Susan.

Isilion era elfo. Pertenecía a una de las razas más antiguas de Shakával. Podían llegar a vivir hasta dos mil años...
De ciento treinta y ocho, en apariencia, era tan joven como cualquier hombre de unos veintiocho.
Los elfos amaban las artes y la naturaleza, y eran excelentes arqueros, aunque, evitaban la lucha mientras podían. Les gustaba: cazar, cantar, bailar, y celebrar fiestas. Y, además del humano, hablaban un idioma propio..
Isilion pertenecía a los elfos silvanos, la raza elfa más extrovertida; y la menos arrogante.
Solían tener un físico esbelto y delgado. Medían como él, alrededor del metro con ochenta centímetros; y todos eran ágiles y tenían los sentidos muy desarrollados.
La mayoría eran atractivos, de rasgos delicados, caras delgadas, ojos grandes y rasgados, y labios llenos. El color de sus cabellos, que siempre llevaban largos, podía ser cualquiera. A excepción, del pelirrojo, que era muy escaso.
Su principal característica eran sus orejas puntiagudas.

Él tenía el pelo largo, liso y rubio; y solía llevarlo suelto. Aunque en ocasiones, como era habitual en los elfos silvanos, lo llevaba recogido. Además, de un bonito pelo, tenía unos grandes y expresivos ojos marrones.

Podían alcanzar a ver, de veinte a treinta metros en la oscuridad. Pero, lo sorprendente era… que tenían la peculiaridad de presentir lo que pasaba, o lo que podía pasar.

Vestía ropa de cuero blando, color marrón claro, anaranjado; unos guantes y unas botas marrones, y una capa verde hoja, con capucha. Iba armado con un arco bendecido de los elfos y una espada corta.


   
   
Mientras comían, Kevin le preguntó por su pueblo:
 -¿Dónde está Silvanya?
 -Está a casi un día de aquí, en lo más profundo del bosque iluminado. Para llegar debemos cruzar el río cristalino y parte del bosque -le contestó Isilion. Después, les preguntó a todos:
 -¿Por qué queréis saber donde está mi pueblo?
 -Para llevar allí La Piedra Multicolor. Nos dijeron que allí nos ayudarían -respondió Susan.
 -Ahora estoy seguro. Sois los chicos de la profecía. Cuando os vi con esas pintas, lo presentí… pero ahora que sé que tenéis esa gema, no cabe ninguna duda de que lo sois.
Mañana os llevaré hasta mi pueblo, donde seguro os ayudarán -les dijo, mientras acababan de comer-. Podéis dormir tranquilos. El valle de los unicornios suele ser un lugar tranquilo. La magia de ellos, lo protege -dicho esto, todos durmieron plácidamente.



A la mañana siguiente, despertaron con las fuerzas renovadas. Así que rápidamente recogieron sus cosas, para dirigirse a Silvanya.

Isilion subió a su unicornio, ya recuperada.
Era bellísima, con el cuerpo color cobrizo; y las crines y la cola color crema.
Todos montaron en sus unicornios e iniciaron la marcha. La cría de unicornio los siguió; sin retirarse en ningún momento, de su madre.