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sábado, 2 de mayo de 2015

Capítulo 47 de Dragonstones 1 (Capítulo final)









DRAGONES ROJOS


   La batalla contra los draconianos hacía horas que había comenzado. Hasta los tres soles habían hecho aparición en el cielo, para no perderse el espectáculo.
Las escamas de los draconianos brillaban a la luz de éstos, mientras luchaban con los soldados de los reinos del oeste.
Las horribles criaturas estaban equipadas con armaduras y cotas de mallas, y llevaban capas. Su arma principal era la espada, pero también utilizaban lanzas, cahiporras, o puñales; e iban protegidos con un pequeño escudo redondo que llevaban en uno de los antebrazos.
Mónckhar no esperaba que estuvieran también guarnecidos. Además, su dura piel los protegía; y golpes de espada que a un hombre hubiesen herido gravemente, a ellos sólo les causaba heridas leves.

Silvan intentaba dirigir las tropas de la forma que causara el mayor daño al enemigo. Por el momento, le llevaba todo el tiempo. Así, que prácticamente no había matado draconianos hasta ahora.

Como Eléndil y Jorel habían llegado en las águilas gigantes, varios draconianos se habían elevado volando para hacerles frente. De todas formas, las águilas ayudaban, y con sus garras y picos atacaban a los enemigos con terribles consecuencias para ellos. No obstante, Eléndil y Jorel se bastaban ellos mismos para acabar con sus enemigos.




Momentos después, llegaban Kevin y Yúnik.

El joven dragón verde no tardó en demostrar que ya no era el pequeño dragoncito de hace dos años. Hizo una pasada por encima del ejército de draconianos, y lanzó un par de llamaradas. Al menos, cinco de aquellas criaturas probaron en sus carnes el fuego del dragón, y murieron al instante carbonizados.
 -¡Me alegro de verte! -le dijo Silvan a Kevin.
 -Lo mismo digo -contestó éste.
El Rey Mónckhar que andaba por allí cerca, también saludo al muchacho:
 -Veo que no me equivoqué al enviarte al cementerio de dragones. Has cambiado tu indumentaria, pero… ¿has conseguido las armas mágicas?
 -Sólo una majestad. Aunque es muy eficaz -Kevin alzó el arco para mostrárselo-. Observad un momento y lo comprobaréis.
Kevin lanzó una flecha mágica a los enemigos. Cuando impactó sobre los draconianos hubo una pequeña explosión de luz verde, y cuatro de ellos murieron rápidamente.
 -Haz hecho un buen trabajo, chico -le dijo el rey, mientras se desembarazaba de un draconiano verde.
 -Gracias majestad. Seguiré haciéndolo, acabando con estas criaturas.




Horas más tarde, se unieron a la batalla los ángeles Láslandriel e Ilene, los avens -más conocidos como hombres-pájaro-, y los ewoks.
Los ángeles como los draconianos podían volar. Lo mismo luchaban en el aire con alguno de ellos, que a pie de tierra; Láslandriel con su espadón de Cesglan e Ilene con su espada de Cesglan de dos extremos.
Los avens y los ewoks luchaban desde el cielo. Los primeros arrojaban pequeñas lanzas que cogían de un carcaj que tenían en su espalda. Además, llevaban sujetos con las garras a los ewoks. Éstos, con sus pequeños arcos lanzaban infinidad de cortas flechas envenenadas, que una vez alcanzaban a los draconianos, lograban de forma eficaz su cometido, que no era otro que el de acabar con ellos.

A pesar de todos, los draconianos luchaban bastante bien, y eran muy resistentes…
…y no sólo eso. Tenían un plan b.




De improviso, de los orificios de los tres volcanes comenzaron a salir al exterior un gran número de dragones rojos. Iniciaron su vuelo hacia arriba, y una vez en el cielo, observaron la situación y se lanzaron en picado. Como se decía, eran más grandes que los azules y por supuesto los verdes.
Ocho de ellos iban ensillados, y sobre sus sillas, montaban los líderes draconianos.
Uno de cada color; desde el verde hasta el draconiano dorado que era líder supremo de todos los draconianos.




Kevin y Yúnik, al verlos, se lanzaron hacia el draconiano verde. Por suerte para ellos, Kevin tenía el arma y la armadura del antiguo caballero de dragón verde.

Como era de esperar, el draconiano dorado se dirigió con su dragón rojo a por el Rey Mónckhar. Kevin tardó unos segundos en darse cuenta, sin embargo reaccionó rápidamente… lanzó una flecha mágica al dragón del líder supremo, pero el dragón rojo que era muy listo, la esperaba… y  con un ágil giro la esquivó. La flecha alcanzó sin embargo, al dragón dirigido por el líder azul… y ambos cayeron poco después a tierra, aplastando y acabando con las vidas de muchos de ambos bandos. Con todo, el dragón y el líder draconiano murieron igualmente.
Por suerte para el rey, el draconiano dorado no quiso acabar con él de una llamarada. Aterrizó en tierra, y todos los que protegían al rey tuvieron que huir para salvar la vida.
El líder supremo se batió en duelo con el rey. Mientras tanto, Kevin que ya había acabado con los draconianos verde y azul y sus dragones, instó a Yúnik a luchar con el dragón del líder supremo.
Por otro lado, Eléndil se ocupaba de los dragones rojos sin jinete. Pero no podía con todos, ni aún con la ayuda de las águilas gigantes, Jorel, los avens, los ewoks y los ángeles.

Silvan y sus hombres también lo estaban pasando mal.
Al llegar lo dragones, su ejército se vio reducido considerablemente, abrazado por la llamas de éstos; otros morían aplastados, cogidos por las garras de las inmensas criaturas voladoras, o acababan en los estómagos de éstas.
Los draconianos aprovecharon la desventaja numérica del enemigo, e hicieron estragos.

Aunque el rey luchaba muy bien, el draconiano era físicamente mucho más fuerte y resistente… incluso a las heridas. Además, tenía una habilidad luchando, inigualable por ningún otro de su especie. De modo, que al ver al rey cansado, decidió aprovechar esa habilidad, para con un movimiento rápido colocarse espalda con espalda al rey; y en esa misma posición, atravesarlo con su espada empuñada hacia atrás.

Una vez dieron muerte al dragón del líder supremo, Kevin y Yúnik acudieron en ayuda de su rey.
Cuando vieron lo sucedido, era demasiado tarde, el rey estaba en el suelo moribundo bañado en sangre.
Kevin volvió a tensar su arco mágico, pero esta vez con toda su fuerza para que la flecha tomara la máxima velocidad… y apuntando bien a su enemigo, la lanzó. Esta vez no podía fallar, el draconiano dorado no tenía a su dragón para salvarlo… aún así, intentó huir inútilmente, pues la velocidad de la flecha mágica era tal, que no le dio tiempo prácticamente a levantar el vuelo, y fue alcanzado por el impacto, muriendo en el acto.

Cuando Kevin volvió su vista hacia el rey, se encontraba en los brazos de Silvan.
 -Ha muerto -se limitó a decir el general.
 -Intenté evitarlo pero, llegué demasiado tarde -logró decir el joven.
 -Debemos marcharnos, o acabarán con todos nosotros.
 -Creo que tienes razón.
Luego el general puso el cuerpo inerte del rey sobre Yúnik.
 -Regresa con él a Longoria. Debe ser enterrado como se merece.
Dicho esto, Kevin y Yúnik levantaron el vuelo y se dirigieron de vuelta a Longoria.
El general Silvan tras poner sobre aviso a los avens, los ángeles, los ewoks, a Eléndil y Jorel, anunció la retirada a sus tropas, que a duras penas pudieron escapar escondidos entre las montañas.

En los días siguientes, los avens, y los ewoks se encontraban ya en sus pueblos…

…Pero los soldados del ejército fueron buscados por los draconianos entre las montañas.
Lograron dar caza a algunos, pero la mayoría consiguieron regresar a Longoria junto a Silvan. Mucho antes lo hicieron los ángeles, Eléndil y Jorel.


Más de la mitad de las tropas enviadas murieron en aquella batalla, conocida como “La Batalla de Draconia”. La primera batalla perdida por las fuerzas del bien, en la Era de Ízmer. La batalla en la que murió el Rey Mónckhar.




En la Torre de Ízmer, el malvado elfo oscuro informado de todo gracias a su esfera y a los draconianos que ahora estaban a su servicio en su fortaleza, junto con los guerreros del caos…
Estaba encantado con el resultado de la última batalla. No sólo porque había ganado. Por supuesto, era importante… Pero le daba más valor al hecho de la muerte del rey de longoria; el rey con más poder en todo Shakával. Después de ésto, seguro que el reino de Longoria sería mucho más débil, pensaba Ízmer.
Su sobrino Ellorion, había mejorado mucho como mago, había alcanzado el tercer nivel de magia -magia avanzada-. Logrando así, ser el mejor aprendiz de elfo oscuro que había en la actualidad.




      Cuando Tristan, Gúnnar y Jim tuvieron noticias del resultado de la batalla, también volvieron a Longoria para asistir al entierro del rey, y poner al corriente a la reina y al príncipe de cual era la situación en los reinos del este. La reina se mostró preocupada por el destino de estos reinos. De modo, que más adelante, Tristan, Gúnnar y Jim volverían a ellos para ayudarlos.




El barco elfo en el que viajaban los príncipes silvanos, habían llegado a Búrds hacía diez días.

Poco después, la carroza real regresaba nuevamente a Silvanya.

El rey había muerto, y según las leyes silvanas, los príncipes debían ascender al trono. De modo, que hicieron los preparativos para que días más tarde, se proclamaran reyes de Silvanya.
A diferencia que ocurrió en su boda, que acudieron invitados muy diversos… tras la muerte del rey, ésta no era una ocasión para celebraciones y fiestas.
Fue algo muy íntimo, y sólo estaban presentes los elfos del reino.

Como era habitual en Silvanya, cada vez que nuevos reyes subían al trono, se entregaban nuevas coronas, diferentes a las anteriores. La antigua corona real descansaba ahora en la tumba de Almare, sobre su cabeza.
Debido a ello, cada corona era única. A Isilion le fue entregada una corona dorada, hermosamente labrada con motivos elfos.
Y a Mialee, una preciosa corona plateada que asemejaba ramas muy finas de los árboles del bosque iluminado, con sus hojas, floreciendo entrelazadas.

Con la entrega de coronas, y los juramentos de lealtad al reino, Isilion y Mialee se convirtieron en reyes de Silvanya, y su hijo Joel, pasó a ser el nuevo príncipe silvano.




Por otra parte, Lana que se había examinado y había aprobado, ya le habían entregado la túnica gris. Estaba contenta no sólo por ello, sino porque, Silvan su amado, aunque derrotado, había vuelto de la batalla prácticamente sin heridas.

Como el rey había muerto en la batalla, decidieron posponer su boda para más adelante.




A Mónckhar lo enterraron rindiéndole los honores propios de un rey. Había muerto dándolo todo siempre por su reino. Por ello, su pérdida no sólo fue dura para la reina Thora y su hijo, el príncipe Ántrax… igualmente, todos los habitantes del reino que habían acudido al entierro, sentían profundamente su pérdida. Tardarían muchos años en volver a reinar un rey tan querido como él.
Estaban presentes todos los héroes que habían participado en las últimas tres batallas contra Ízmer, y que aún seguían con vida. Además, los reyes de cada uno de los reinos humanos sin someter aún por el enemigo, también habían acudido.

Tras la muerte del rey, la Reina Thora se convertía ahora en la única dirigente del reino. Con todo, el tema bélico sería llevado principalmente por su hijo, el príncipe Ántrax, ayudado por el general Silvan. De todos modos, al príncipe le había gustado siempre escuchar la sabia opinión de su madre; así, que ésta lo asesoraría, en cierto modo.




Pasados varios meses de la muerte del rey, se organizaron los preparativos para la boda entre Silvan y Lana. A continuación, eligieron un hermoso día para la boda… porque ésta se iniciaría a mediodía.
Como el palacio de Longoria carecía de jardines, se realizó en el interior de éste.
La familia de Lana estaba inmensa de felicidad. Allí estaban su madre, su hermana Kesha y su cuñado Peter… y su hermano Joyce, junto a su novia Crýstal, y su suegro, que había regresado con Silvan de la batalla.
Eléndil y Edna, sus dos maestros, también se alegraban mucho por ella.
A Silvan, en cambio, no le quedaba familia. Era hijo único, y sus padres hacía tiempo que habían sido asesinados por el enemigo -motivo por el cuál se apuntó al ejército-. De todas formas, habían venido todos sus amigos.

El vestido de la novia no era una de sus ilusiones. Había preferido no utilizar la magia y llevar un vestido creado por los mejores sastres del reino. A pesar de ello, era maravilloso… De color blanco roto, con bordados rosa apagado y verde claros, Lana lucía espléndida con él.
Silvan también estaba radiante con su traje confeccionado en distintos tonos de azul y celeste.


Tras la entrega de los anillos y la bendición de la Reina Thora, Silvan y Lana se besaron como dos recién enamorados, y concluyó el enlace.

Después, les esperaba un banquete digno de reyes, y una fiesta, animada con los mejores músicos del reino.

Todos estuvieron charlando, riendo y sobretodo bailando, hasta bien avanzada la noche.

A la mañana siguiente, los novios salían en el carruaje real, escoltados por dos guardias reales montados a caballo… por una de las cuatro calles principales de la ciudad, para irse de viaje de novios. La calle se llenó de todo tipo de gente que acudió a desearles mucha felicidad.


Durante su luna de miel, recorrieron cada uno de los reinos del oeste; y como la gente les deseó, fueron muy felices.




Ya tendrían tiempo más adelante, para nuevas aventuras junto a Kevin, Éric, Susan, y todos sus demás amigos, buscando el resto de las Dragonstones…







FIN


viernes, 24 de abril de 2015

Capítulo 46 de Dragonstones 1








LA BATALLA… Y MUCHAS OTRAS COSAS


   Tuvieron que atravesar el río drac y el río de lava, pero al final consiguieron su objetivo, llegar a Draconia.
Escondidos en las montañas, esperaban el momento ideal para atacar. Mientras tanto, estudiaron el entorno y a su rival.
Draconia era una tierra inhóspita rodeada casi al completo por montañas, excepto al este, que estaba limitada por el bosque de draconia y el río de lava.
Al norte, se encontraban los impresionantes volcanes de draconia. Eran tres, y casi siempre estaban activos. En aquel momento, sólo uno de ellos, el más alejado.
La tierra desértica y rojiza estaba cubierta de restos de lava solidificados y cenizas. Incluso, los árboles más cercanos estaban quemados, secos, o en un estado lamentable. Además, el aire era casi irrespirable, pues los gases expulsados por los volcanes lo impedían.

Sus rivales, los draconianos, eran tan temibles como los esperaban. Toda aquella tierra estaba cubierta de ellos. Como se decía, los había de distintas clases, y como los dragones, se diferenciaban por el color de sus escamas, de tantos colores como las de los dragones.
Aunque el grueso del ejército se encontraba en el exterior, debían tener su base en el interior de las montañas y volcanes, porque toda la pared de ellas estaba cubierta de orificios que servían de entrada y salida a los draconianos. Seguramente, todas ellas se comunicaban entre sí mediante galerías internas.

El ejército humano esperó a que llegase la noche para atacar.

A la orden del Rey Mónkchar y el general Silvan los gruesos de cada reino se dispersaron entre las montañas para atacar por diferentes frentes.
Aunque cogieron a los draconianos desprevenidos, no lo hicieron del todo, pues gracias a Ízmer sabían sus intenciones, y estaban esperándolos. Con todo, nunca supieron en que momento exacto serían atacados.




Lana, aunque no había terminado su aprendizaje junto a Edna, ya era mejor ilusionista que Eléndil, pues había alcanzado el nivel cuarto de ilusionismo.
Llegado el momento, decidió posponer su aprendizaje para otra ocasión, pues se sentía preparada para realizar en La Gran Universidad de la Hechicería, el examen para conseguir la túnica gris.




      Justo cuando alcanzaron las montañas entre el bosque de ignion y Draconia, Eléndil y Jorel se encontraron algo que no esperaban… había un asentamiento de centauros alados. Exactamente igual que los centauros, de diversos colores, con orejas de ciervo, pero con alas situadas en la parte posterior, en la unión del cuerpo humano con el del caballo.
No tardaron en detenerlos y llevarlos ante el que parecía ser el cabecilla.
Les tuvieron que contar porqué habían llegado hasta allí. Éste los creyó, pero les dijo que si querían seguir tendrían que pagar por hacerlo, y que el pago serían sus caballos.
No tuvieron más remedio que aceptar.
Tras este incidente, siguieron su camino.
Eléndil se acordó entonces de sus amigas las águilas gigantes, y las llamó. Cuando llegaron hasta ellos, se montaron cada uno en una de ellas, -las demás volvieron a lugar donde provenían-, y atravesaron aquellas montañas.
En un santiamén, llegaron a Draconia.
Vieron que el ejército humano ya había llegado y había iniciado la batalla; así, que se unieron a ellos. 




Por otro lado, Kevin y Yúnik, una vez consiguieron dejar el cementerio de dragones atrás, viajaron hacia el norte, dirección a Draconia.
 -Ha faltado poco, eh Yúnik.
 -Ya lo creo. Nunca había visto a Ilrahtala, pero después de haberlo hecho, creo que la leyendas que se cuenta de él, deben de ser ciertas.
 -¿No habrás tenido miedo?
 -Sólo digo, que a su lado yo parecía un mosquito insignificante. Y por si no te has dado cuenta, sus ocho cabezas exhalaban fuego e hielo. Y si nos llega alcanzar, ahora no lo contaríamos.
 -Pues prepárate, porque lo que nos espera dentro de poco, no es para menos.




Lejos de allí, en el reino de Longoria, las cosas para Éric y su hermana Susan eran muy distintas.

Él tuvo que esforzarse mucho en cada uno de los entrenamientos que seguía, pero gracias a ello, a ojos de sus profesores mejoraba a pasos agigantados. Con todo, hubiese deseado avanzar mucho más rápido.

Ella, por el contrario, al ver aprobado el examen, fue nombrada däisien. Ahora, además de ser una de las damas de compañía de la reina, formaba parte del reducido grupo de däisiens del reino de Longoria.




El barco que había partido de la isla de Valyon había recorrido ya gran parte del Océano Aélfland. A bordo viajaban Mialee, Isilion, Guizbo, el pequeño Joel, y el resto de elfos silvanos que regresaban a su pueblo. También, la carroza real silvana, nueve unicornios, y sus primos elfos encargados de dirigir el barco.




Tristan, Gúnnar y Jim buscaron aliados en cada uno de los reinos del este que pisaban. En los sitiados les fue casi inútil, pues los draconianos ya habían alistado a la mayoría de los disponibles. Pero su suerte cambió en los reinos situados más al sur. Como sus habitantes y sus reyes estaban al tanto de lo sucedido en reinos como Doeria, Rúln, Lírnaag, Ólnitor, Mánzech, Sapion y Carian, se negaron a que a ellos les sucediese lo mismo. Kalienon era el último reino invadido por los draconianos, y en estos momentos se encontraba a punto de ser sometido.
Los reinos del este que aún eran libres decidieron unir fuerzas ante el enemigo.
Pero además, el bárbaro, el enano y el kender formaron una banda bastante numerosa con integrantes de cada uno de los reinos, para atacar por sorpresa a los carros de suministros de los draconianos… en los caminos, o en cualquier otro sitio; para de esta manera, intentar parar el avance de éstos hacia el sur. Es lo menos que podían hacer, hasta que acabase la batalla que enfrentaba a los reinos del oeste con los draconianos, en Draconia. Una vez acabada ésta, ya avisarían al reino de Longoria, de la situación en los reinos del este.




 Láslandriel e Ilene volaban junto a los avens por encima del los árboles del bosque de draconia. Los eawoks también iban con ellos, sujetos por los hombres-pájaro.

Volaban muy despacio, pues los árboles, los más altos de todo el mundo de Shakával, hacían que tuvieran que volar a mucha altura, y dado que se encontraban cerca del Paso de Hielo, a aquella altitud hacía mucho frío y los músculos de las alas se agarrotaban. Pero de todos modos, la distancia a cubrir no era demasiado larga; así, que en poco tiempo llegarían a Draconia.  

jueves, 16 de abril de 2015

Capítulo 45 de Dragonstones 1









MOMENTOS DIFÍCILES


     Tras un largo viaje en barco, llegaron a la isla de Valyon. No era demasiado grande, ni había montañas, ni ríos en ella. Empero, un maravilloso bosque la cubría casi en su totalidad. En su interior, igual que en Silvanya, se hallaba la ciudad de los elfos; mucho más amplia que su semejante, y edificada también en madera, pero con edificios mucho más grandes y esplendorosos.
Diseminadas por el resto del bosque, había muchas otras casas sueltas, o grupos de ellas, que sin embargo, no llegaban a formar una aldea.
El bosque estaba lleno de vida. Con muchos animales y pájaros, muy variados.

Guizbo, el gnomo, estaba encantado con el viaje a la isla. Todo allí era maravilloso, y una nueva aventura para él. Aparte, los elfos de la isla los recibieron muy bien.
Con todo, Almare cada día que pasaba estaba más débil, pero aún así, quería aprovechar cada segundo que permaneciese en la isla para estar con los suyos.
Algunos días, cuando Mialee lo encontraba con más ánimos, lo sacaba a dar un paseo por el bosque. A veces, recordaba anécdotas de un tiempo pasado, y se las contaba a su hija.
Un día, aunque el rey silvano se encontraba muy decaído, le pidió que lo llevase al bosque. La dirigió hasta un árbol muy viejo con un tronco muy grueso. Cuando llegó allí, le contó a su hija que allí fue donde se declaró a su madre. Luego les deseó a ella y a Isilion, la misma felicidad que él tuvo con su madre. A continuación, mientras acariciaba con su mano la mejilla de su hija, sus ojos se cerraron para no volverse abrir jamás.


El día después, se llevó a cabo el entierro del que hasta aquel momento había sido el rey de los elfos silvanos.
Todo fue muy emotivo. No obstante, se rindieron lo honores propios de un rey.
Mialee, se consolaba sabiendo que por lo menos había pasado sus últimos días, como el quería; junto a los suyos, en su isla de nacimiento.
Los siguientes días fueron muy difíciles para la princesa elfa, pero contaba con el consuelo de Isilion, y sobretodo, la alegría de su hijo Joel.
Cuando se encontró preparada, iniciaron el viaje de regreso en el mismo barco que los había traído a la isla.



      El grupo formado por el bárbaro Tristan, el enano Gúnnar y el kender Jim, tuvieron que seguir el río de hielo hasta alcanzar el Paso de Oriente. Una vez cruzado, pronto llegaron al reino de Kalienon. Allí permanecieron sólo un día, porque querían recorrer todos los reinos del este, para saber como estaba la situación en cada uno de ellos.
Diez días después, habían estado en todos. Comprobaron que las circunstancias en algunos habían cambiado mucho. Los reinos más al norte, estaban casi sitiados por aquellos horribles draconianos. De modo, que tuvieron que viajar de incógnitos, disfrazados, o a escondidas. Por suerte para ellos, encontraron aliados que se oponían a esas criaturas, y les dieron cobijo. Una vez averiguaron que reinos estaban sitiados… intentaron evitar que mucha gente fuera reclutada por el bando enemigo; pero para convencerlos, tuvieron algunas discusiones en algunos de ellos. Incluso se pelearon con algunos desertores, y tuvieron que matar algún draconiano, que los descubrió, para que no diese la voz de alarma, y los declarase.



Tras pasar la noche con los ewoks, los ángeles tuvieron que dejarlos y seguir su viaje. No tardaron en alcanzar Aven.
Los hombres-pájaro se alegraron enormemente con su llegada. Sabían lo que había ocurrido durante aquellos años, desde que vinieron buscando la Dragonstone verde hasta ahora… y en absoluto,  se arrepentían de haber tomado la decisión de entregarles la piedra verde.
Láslandriel e Ilene hablaron con Aven, el líder de los hombres-pájaro, y le explicaron como se encontraba la situación en estos momentos. Le dijeron que el reino de Longoria en acuerdo con el reino de los ángeles los había enviado para solicitar su ayuda contra los draconianos.
Los avens no vacilaron un momento en ofrecérsela... Aunque, hasta que no estuvieron preparados, no decidieron partir con los ángeles.

Al día siguiente, llegaron a Éawak y una vez los eawoks también estuvieron dispuestos, se marcharon a Draconia. Éstos últimos viajaban en las garras de los avens, sujetos por la espalda.



domingo, 15 de febrero de 2015

Capítulo 36 de Dragonstones 1









SE UNEN LOS ALIADOS


   Para sorpresa del enemigo y fortuna de los elfos silvanos los altos elfos acudieron a la batalla. Serían unos dos mil quinientos al frente de los cuales volaba en su pegaso Vanya. No tardaron en mostrar sus armas al enemigo. Armados con arcos, lanzas y espadas se lanzaron al ataque. Sus parientes silvanos los vitorearon cuando los vieron.

En un principio intentaron acabar con los guerreros del caos… pero pronto comprobaron que las armaduras los defendían muy bien. Con todo, lograron acabar con algunos antes de descubrir a los bárbaros del caos. De modo, que se unieron a los elfos silvanos que atacaban en sus halcones gigantes; y juntos, elfos silvanos y altos elfos, halcones gigantes y pegasos arremetieron desde el aire contra los bárbaros.

Por otro lado, Mónckhar, el rey longoriano, y Almare, el rey silvano, dirigían a sus tropas contra los guerreros del caos de Véstark. A ellos, se unieron los duendes, y también los dos hombres-árbol, pues no tenían mucho que hacer con los dos ogros.
Combatiendo a éstos últimos estaban el príncipe y el general de los elfos silvanos, Isilion y Máblung. Más tarde, se unieron a ellos Alan y el gnomo Guizbo.

Gracias a los altos elfos la batalla se fue decantando a favor de las fuerzas del bien, hasta que aparecieron nuevos aliados del mal.

Un nuevo ejército formado por orcos, orcos negros, goblins, hobgoblins, snotlings, trolls, trolls de piedra, y hasta dos gigantes, uno de ellos un cíclope; al servicio de los orcos, aparecieron por el noreste.
Algunos de los orcos traían pequeños carros de guerra tirados, unos por jabalíes gigantes, y otros, por lobos también gigantes. Estos animales eran usados igualmente como su montura.
Los goblins, sus tropas lacayas, aunque no inspiraban tanto miedo, avanzaban con unas terribles máquinas de guerra… dos catapultas. Todo esto, sin contar con el variado armamento con que contaban tanto orcos, hobgoblins, goblins, trolls y gigantes.
Los orcos -orcos y orcos negros- utilizaban escudos, lanzas, arcos y rebanadoras; los goblins -goblins y hobgoblins- y snotlings manejaban escudos, lanzas, espadas, cuchillos, hachas, mazas pequeñas, mayales, redes, y armas espora; los trolls -trolls y trolls de piedra- usaban cachiporras y mazos de piedra o cráneos de bestias; y por último, los gigantes, empleaban hachas, mazos, espadones, y enormes cachiporras, algunas de ellas ensartadas por espadas cortas.
Los orcos, criaturas inmundas, medían unos dos metros; robustos y de piernas torcidas, tenían un andar parecido al de los monos. Además, tenían unos largos brazos con los que casi alcanzaban el suelo... eran calvos y con grotezcas caras y orejas perrunas; sus mandíbulas tenían enormes colmillos, y sus ojos porcinos brillaban rojizos en la oscuridad, enterrados bajo un gran ceño. Su piel de color marrón oliva oscuro, siempre estaba cubierta de mugre.
Los orcos negros se diferenciaban de los anteriores en su tamaño y color de piel. De anchas espaldas, medían alrededor de dos metros y medio de altura, y eran mucho más musculosos. Su piel era marrón oscura-grisacea.
Los goblins medían metro y veinte centímetros, eran delgados y de color verde-negruzco; y como ambos orcos, eran calvos y tenían los ojos rojizos, pero en cambio, sus caras parecían deformes y astutas; con narices prominentes y aguileñas, grandes orejas puntiagudas, y bocas llenas de colmillos.
Los hobgoblins medían un metro con ochenta centímetros. Eran similares a los humanos, aunque andaban encorvados y tenían las piernas torcidas. Lo que más los diferenciaba de éstos, era el color de su piel, marrón-amarillento oscuro; y sus cabezas, extremadamente feas comparadas con las humanas. Tenían colmillos como los orcos y los goblins, nariz ancha como los humanos negros, orejas grandes, pequeños ojos oscuros, mejillas cubiertas de larga barba negra, y la cabeza de pelo largo, liso, y negro.
Los snotlings eran muy parecidos a los goblins. Sólo se diferenciaban de éstos en su estatura, setenta y cinco centímetros; en sus narices, algo más pequeñas; y en el color de su piel, marrón-grisáceo, con tonos verduscos. Además, sus cuerpos estaban llenos de barro seco y otras sustancias mucho peores.
Los trolls medían más de tres metros de altura. Eran moles monstruosas y retorcidas, y con unas manazas enormes.
De huesos duros y fuertes tendones, eran todo músculo, y tenían una fuerza descomunal. Sus cabezas eran grandes, con cráneos redondos, ojos hundidos de color naranja, frente prominente, y orejas grandes y puntiagudas. Por último, el color de su piel era marrón parduzco-grisáceo.
Los trolls de piedra medían tres metros y medio de altura, eran alargados… aunque caminaban encorvados… y de cuerpos fibrosos, cubiertos excepto en la barriga, los pectorales, los bíceps, y la cara, por una segunda piel pedregosa que les servía de coraza.
En sus manos y pies, tenían unas uñas larguísimas que se clavaban como dagas en sus enemigos.
Sus cabezas caían hacia delante, similares a las de un gremlin malvado, y eran todo orejas… Éstas eran extremadamente abiertas y puntiagudas, y se asemejaban en su forma a las alas de los murciélagos, aunque no en su color.
Sus ojos eran todo negro en la claridad, y se volvían todo blanco en la oscuridad.
Sus prominentes narices, eran regordetas y alargadas, y caían levemente hacia abajo, tapando parte de sus enormes bocas, llenas de un sin fin de colmillos, largos y afilados, como agujas.
En cuanto al color de su piel, eran de color azul marino-grisaceo, excepto sus orejas, sus pectorales, y su hinchada barriga, que eran de color blanco.

Y pasando a los dos gigantes…
…El primero, el gigante, medía cinco metros y medio, era musculoso, y parecía un vikingo con barba.
El segundo, el cíclope, medía cuatro metros y medio, era delgado, calvo y con barba, y tenía una única ceja castaña, sobre su enorme ojo.


Uno de los ogros... 
...criaturas que estaban en un término medio entre los humanos y los gigantes, en cuanto a físico, pues medían algo más de tres metros y medio -eran muy anchos-, moles de músculo de piel gruesa y esqueletos recios, y caras muy feas y grotescas, a medio camino entre humanas y orcas, con grandes colmillos y ojos inhumanos... 
...aprovechó el desconcierto que produjo el nuevo ejército que apareció por el flanco izquierdo, y de un mandoble de su gran hacha, cesgó la vida de Alan. Corta fue la experiencia vivida por el antiguo marinero, junto al grupo, pero muy intensa. Durante su aventura junto a ellos, sobre año y medio, se había encontrado con un dragón-tortuga, un kraken, y nereidas en el mar… aunque a algunos de estos ya los había visto antes… y con skavens, ratas-ogro, vampiros, guerreros del caos, águilas gigantes, dragones, eawoks, avens, elfos oscuros, altos elfos, elfos silvanos, halcones gigantes, duendes, dríades, gnomos, unicornios, hombres-árbol… y muchos más.

Se podía decir, que tuvo el final de vida deseado.

Tras la muerte de Alan, Isilion se subió a la espalda del ogro que mató a su compañero... que vestía unas botas de piel y una malla que le dejaba los hombros, los brazos, y los muslos al descubierto… y, tras un duro forcejeo, logró taparle los ojos a la criatura. Ésta se revolvió e intentó atacarlo, pero el príncipe silvano le cortó ambas manos, primero, y luego la cabeza.
Mientras tanto, Máblung y Guizbo seguían ocupados con el otro.

Los altos elfos dejaron de atacar al ejército de los guerreros del caos, ya muy mermado, y se dirigieron hacia el nuevo ejército.
Al verlos, los goblins prepararon las catapultas; las cargaron entre varios de ellos, con rocas, y las lanzaron. Los altos elfos sorprendidos, no tuvieron tiempo para esquivar con sus pegasos las rocas, y muchos de ellos cayeron muertos junto con sus monturas, sobre las praderas de Sunesti.
Pero pronto respondieron lanzando un sinfín de flechas hacia sus enemigos. Los arqueros orcos, vestidos en cuero negro (pantalones, abrigo, jubón, y botas) y protegidos con cascos, algunos de ellos con penachos, le devolvieron el ataque con sus arcos.
Una multitud de flechas se cruzaron en el cielo, alcanzando en gran parte, sus objetivos.
Vanya, el general de los altos elfos, intentó alcanzar con sus flechas con plumas de fénix, una de las catapultas. En su primer intento, no lo consiguió porque se hallaban muy lejos. Con todo, abrasó a muchos de los goblins que se hallaban cerca de las catapultas.
Los goblins, que vestían una especie de túnica negra y unas capuchas alargadas, -con aperturas para sus puntiagudas orejas-, parecidas a las de los nazarenos, de color azul marino en su mayoría, y algunas negras, excepto la del líder que era roja… al descubrir las intenciones del alto elfo, se apremiaron y volvieron a lanzar las catapultas… provocando incontables pérdidas en los altos elfos.

Pronto, los orcos que montaban sobre los lobos y los jabalíes gigantes se lanzaron contra el enemigo que se batía en tierra contra los guerreros del caos. Tras ellos, los seguían varios carros de orcos tirados por las mismas bestias.
Éstos a diferencia de los arqueros, vestían solamente un jubón de cuero negro con un taparrabos y unas tobilleras de piel marrón. Y, aunque no llevaban cascos, si solían llevar brazaletes y hombreras de acero, y alguna argolla en hombros, nariz u orejas.
Como armas utilizaban lanzas y algunas rebanadoras, y se protegían con escudos, normalmente de madera. Los orcos de los carros -dos por cada uno-, en cambio, utilizaban un látigo y una puya de doble punta para hostigar a las bestias... el que dirigía el carro; y una lanza… el que atacaba desde él. Además, se protegían con cascos.

Siguiendo los carros, marchaban los orcos negros. Éstos vestían un jubón sin mangas que le llegaba hasta media pierna, de cuero negro, como sus botas; sujetado con un ancho y grueso cinturón de acero, como sus brazaletes y los cascos que algunos llevaban. A parte de estos cascos, alguno de ellos con cuernos, llevaban dos rebanadoras, que utilizaban al mismo tiempo como arma y protección.

Muchos de los altos elfos decidieron bajar a tierra para enfrentarse de igual a igual con los orcos… entre ellos, Vanya.

Los snotlings, que tan sólo llevaban como prenda un taparrabos mugroso, se unieron a los goblins con sus cuchillos y mazas pequeñas para atacar a los altos elfos; otros los ayudaban a suministrar rocas a las catapultas. Los goblins utilizaban lanzas, escudos, espadas, mayales, redes, y armas espora.
Encabezando a los goblins y a los snotlings iban los hobgoblins. Vestían muy parecido a los orcos negros, aunque el jubón era a modo de chaleco, abierto por el pecho; y bajo él, tenían una malla de manga corta. Como armas utilizaban espadas, hachas, y escudos.
Tras ellos, venían los trolls, que vestían únicamente un cinturón con un taparrabos, e iban armados con cachiporras y grandes mazos de piedra. Los trolls de piedra vestían igual, aunque utilizaban mazos de piedra rudimentarios, -un palo con una roca atada-; y escupían ácido de sus estómagos, capaz de matar o herir aquello que alcanzaba.
Cerrando el grupo, un gigante y un cíclope. El primero vestía como los vikingos… con pieles y partes de armaduras, -dejando los brazos y muslos al descubierto…-, y casco con cuernos. Incluso llevaba varios cráneos de sus víctimas colgando de su cintura; e iba armado con una enorme hacha, un espadón, y una cachiporra ensartada por varias espadas cortas. El cíclope vestía parecido al clan de bárbaros de los yenai. Con la mayor parte de su cuerpo a la intemperie, sólo llevaba un taparrabos, unos mangotes y unas botas de piel. De su cintura, en lugar de cráneos, colgaban dos cabezas de distintas razas; y como armas, utilizaba un gran mazo, y enormes rocas que lanzaba sobre sus enemigos.


Cuando la batalla estaba alcanzando su punto álgido, apareció por el noroeste un ejército formado por mil bárbaros del clan de los yumerios a lomos de sus robustos caballos. Encabezados por su líder Ghakan, y por Tristan, también yumerio; además de Gúnnar el enano nórdico y Jim el kender, en sus ponis; de Éric en su unicornio, y de los ángeles Láslandriel e Ilene, que volaban sobre ellos.

Enseguida le hicieron frente los bárbaros del caos, y poco después, los guerreros del caos. Los elfos silvanos, junto con los longorianos, los duendes, algún que otro hombre-árbol que quedaba, y… Almare, Mónckhar, Isilion, Máblung y Guizbo, al recibir la ayuda de los yumerios, decidieron unirse a Vanya y los altos elfos para contrarrestar la superioridad del ejército de orcos, goblins, snotlings, trolls y gigantes.

Éric había avanzado mucho con la espada en un año. Con lo que le gustaba la aventura y el riesgo el ser un caballero le apasionaba. Y, aunque tan sólo contaba con quince años se defendía muy bien. A su lado se encontraban Gúnnar y Jim pero, Éric se bastaba sólo para acabar con muchos de los bárbaros del caos. el mediano en cambio, debido a su corta experiencia en la lucha, no lo hacía muy bien. Suerte que, Gúnnar lo defendía con su hacha, acabando con todo el que se acercaba demasiado al kender.

Los ángeles, sin embargo, decidieron enfrentarse a rivales más fuertes, como eran los guerreros del caos. Utilizaban sus armas y su magia contra ellos… aún así, las fuerzas estaban muy igualadas. Ghakan y Tristan se enfentaban a todo aquél que se les ponía por delante, ya fuera bábaro o guerrero, y líderaban a los yumerios con mucho criterio.

Los orcos, a lomos de los jabalíes y lobos gigantes, alcanzaron a los altos elfos que bajaron a tierra, y comenzaron una dura y encarnizada batalla. Poco después, se les unieron los orcos negros.

Los elfos silvanos fueron a por los hobgoblins; y los duendes, a por los goblins y snotlings.

Por otro lado, Isilión, Máblung, y Guizbo, que habían logrado acabar con el ogro que quedaba… resultando Máblung herido durante el combate, se habían unido a los reyes Almare y Mónckhar para luchar contra los trolls.

Los dos hombres-árbol y los pocos longorianos que quedaban se enfrentaron a los trolls de piedra.

Los gigantes, en cambio, lucharon a su antojo de un lado para otro… pues ninguno le ofrecía resistencia.


La batalla de las praderas de Sunesti había congregado a un grupo muy variopinto. Y, tanto en un bando como en otro, sufrieron muchas pérdidas. Al amanecer del segundo día, aparecieron los dragones azules. Silvan, Eléndil y Lana, montaban en ellos; y Kevin en Yúnik, su dragoncito verde. En aquél momento no quedaban bárbaros del caos, ni snotlings…

En las fuerzas del mal quedaban unos quinientos guerreros del caos, mil orcos y doscientos orcos negros, quinientos goblins y cien hobgoblins, tres de los cuatro trolls y dos de los tres trolls de piedra que vinieron… y los dos gigantes; uno de ellos un cíclope.
En las fuerzas del bien quedaban Mónckhar, Almare, Isilion, Máblung, Guizbo y Vanya… unos doscientos soldados longorianos, trescientos elfos silvanos, dos de ellos sobre halcones gigantes, cincuenta duendes, Jahnk como único hombre-árbol, y mil quinientos altos elfos.


Los goblins lanzaron sus catapultas contra los dragones. Y, aunque derribaron a dos de ellos, los demás no perdieron tiempo y fueron a vengar a sus compañeros, incendiando las catapultas.
Con todo, los arqueros orcos intentaron detenerlos con sus flechas; pero éstas inútilmente se clavaban en la dura piel de los dragones, produciéndoles heridas insignificantes. Sin embargo, las que les alcanzaban las alas, si lograban su cometido… y los dragones caían sobre la tierra de batalla, heridos, aplastando al que andubiese por allí, ya fuese de un bando u otro.

Los yumerios eran guerreros extraordinarios. Habían acabado con los bárbaros del caos en un santiamén, a pesar que éstos también lo eran. Sin embargo, su minoría les hizo ser derrotados. Tristan luchó contra su líder, venciéndolo en un duro combate. Por su parte, Ghakan se enfrentaba en estos momentos a Véstark. Los dos eran unos guerreros formidables, con todo, el guerrero del caos tenía la ventaja de su armadura.
No obstante, utilizó la ventaja del enemigo volviéndola en su contra… con su escudo reflejó la luz mágica que irradiaban las runas de la armadura de Véstark, y dejó cegado al Señor de la Guerra durante unos instantes. No perdió el tiempo y atacó el punto débil de la armadura, el cuello. Véstark recobró parte de su visión justo cuando iba a recibir el ataque, y lo hirió gravemente, antes que éste  lo matara, sesgándole la cabeza.

      Por otro lado, Éric se había comportado como un caballero. Mató a muchos bárbaros del caos. Pero ahora, que no quedaban, junto a Gúnnar y Jim intentaba defenderse de los guerreros del caos… pues poca cosa podían hacer contra ellos.
Los ángeles en cambio, si podían luchar contra ellos con esperanzas, tenían excelentes armas, y podían utilizar la magia. Además, si lo consideraban necesario, podían atacarlos desde el aire, sin temor a ser combatidos.

Los altos elfos dominaban en cierto modo a los orcos, pero no tanto a sus monturas. A veces, por temor a que hirieran a sus pegasos, tenían que luchar desde el aire. Superaban en número a los orcos, y podían luchar con espadas, arcos y lanzas… con todo, los orcos se defendían bien con sus rebanadoras, lanzas y arcos. Y, que no decir de los orcos negros…

Aunque quedaba un número muy limitado, se defendían como bestias… y atacaban con una crueldad, propia solo de ellos.
Vanya junto a tres de los suyos, se vieron rodeados por varios de ellos; uno era el cabecilla de los orcos negros. Logró acabar con uno de ellos con su “Arco Fénix”, la flecha se prendió y al alcanzar el cuerpo del orco negro, lo carbonizó. Pero no tuvo tiempo para volver a utilizarlo, pues los demás orcos negros enseguida se les echaron encima. El general logró parar la acometida del líder orco, al que le rebotó la fuerza de su impacto contra el mismo, pues el “Escudo Espejo Élfico” tenía esta peculiaridad. Los otros orcos negros consiguieron derrotar a los tres altos elfos que acompañaban a Vanya… y querían unirse a su líder contra el general elfo. En cuanto el gran orco negro se dio cuentas, mató a uno de los suyos, y prometió matar a todo aquél que le disputara su presa.

Vanya al principio se defendió bien de los golpes de rebanadora del orco, pero pronto comenzó a notar el cansancio. Físicamente, su oponente era un mastodonte… todo músculo; y en la lucha era una máquina de matar. Parecía no cansarse nunca. Sus golpes eran brutales, y atacaba con todo, incluidos garras y colmillos.
Sin embargo, tenía una gran experiencia en la lucha, se había curtido en mil batallas, y era listísimo.
Sabía cuales eran los puntos débiles en los rivales de gran tamaño… los tobillos y las rodillas. Así, que solo debía esquivar los ataques del enemigo, y esperar a que bajara la guardia, para atacarlos.
No tardó mucho en conseguir herir uno de ellos. Pero entonces, el enorme orco enfurecido, lanzó un ataque tras otro, y Vanya no tenía tiempo ni para atacar, ni casi tampoco para recobrar el aliento. A pesar de todo, al final se arriesgó, pues no podía esperar más, ya que estaba agotado… y en el siguiente ataque el orco negro acabaría con él.
Consiguió herirlo cerca de la rodilla de la misma pierna que le hirió el tobillo… logrando dejarlo cojo de esa pierna. Pero, el orco no desaprovechó la oportunidad y le asestó un golpe mortal al general elfo. Logrando matarlo.


Los elfos silvanos pronto acabarían con los hobgoblins. Tenían a su favor los halcones gigantes, los unicornios, y que eran mayoría frente a estas criaturas agresivas y despiadadas. Además, contaban con mejores armas… espadas, lanzas y arcos; y sus enemigos sólo con espadas, hachas, y escudos. Con todo, durante cierto tiempo le ofrecieron resistencia. Después, se unieron a los duendes contra los goblins. Éste fue un bonito combate… a pesar de ser muy pequeños, disponían de armas muy variadas. Para los segundos, la armas espora, hechas de hongos y mohos venenosos, les resultaron muy útiles. Y lo mismo les sucedió con las redes, que contra los duendes les eran muy eficaces. Éstos no podían amansarlos con su música, pero si podían llamar a los pájaros del bosque iluminado para que los atacaran.
Además, como sus enemigos, tenían armas venenosas… las cerbatanas de dardos venenosos. Pero también podían atacarlos con hondas, arcos y lanzas.

Aunque los goblins comenzaron con quinientas unidades, y entre los elfos silvanos y los duendes superaban las trescientas con dificultad… el combate, aunque igualado, pronto fue decantándose a favor de elfos y duendes. Sin embargo, sufrieron numerosas pérdidas.

Luchando contra los tres trolls estaban Mónckhar, Almare, Isilion, Máblung y Guizbo. Máblung, aunque herido, se unió a su rey Almare y a su príncipe Isilion… y juntos, desde cierta distancia, los tres elfos acribillaron con sus flechas a los trolls. Mónckhar y Guizbo se defendían como podían con sus espadas. El gnomo utilizaba además un hacha y un pequeño mazo. De todas formas, los trolls eran unos adversarios temibles… lanzaban sus cachiporras y sus grandes mazos contra sus oponentes, y éstos tenían que defenderse.
Los elfos tuvieron que utilizar también sus espadas; sin embargo, Máblung se tuvo que quedar a la retaguardia, con su arco; pues las fuerzas no le daban para más.

Guizbo evitó muchos golpes, trasladándose instantáneamente. Y cuando atacaba, a veces se volvía invisible para sorprender a sus adversarios.


      Los doscientos longorianos que quedaban estaban conteniendo a los dos trolls de piedra. Aunque eran muchos, y además de lanzas y espadas tenían arcabuces… los trolls de piedra estaban protegidos por su dura piel. Así que, los balines no conseguían atraversarla. Los trolls lo atacaban con sus rudimentarios mazos de piedra y con el ácido de sus estómagos, que escupían por la boca. Los longorianos morían con los cráneos aplastados o abrasados por el ácido. Aunque, algunos no llegaban a morir… gritaban de dolor, con algún hueso destrozado, o alguna parte de su cuerpo fundida por el ácido.
Por suerte, Jahnk, el hombre-árbol estaba allí para ayudarlos. De modo, que los longorianos decidieron repartirse. Unos ciento treinta atacaron a uno de los trolls de piedra, y los cuarenta restantes se unieron a Jahnk contra el otro.
El hombre-árbol cuando el troll se disponía a arrojarle el corrosivo ácido, aprovechó para lanzarle una gran roca a la boca, dejándosela inutilizada.

Aunque con muchas más muertes, acabaron con uno de ellos. El otro era cuestión de tiempo.


      Los gigantes, hasta aquél momento, habían causado muchas muertes. Ninguno era rival para ellos. Todo el que tenía valor para enfrentárseles, moría rápidamente. Sin embargo, todo esto acabó con la llegada de los dragones y Eléndil.
Dos de los azules fueron a por ellos; Krakok el dragón que montaba Silvan, y el dragón del mago.
A pesar de ello, no era fácil atacarlos. Para poder acabar con ellos, debían acercarse mucho, si no era así, sólo conseguían producirles heridas sin importancia. La primera vez que Krakok se acercó lo suficiente, el gigante se protegió con su cachiporra, y ésta se incendió… así que tuvo que deshacerse de ella.
Durante las siguientes veces, el gigante no paró de atacarlo con su espadón, para no dejarle  ocasión al dragón de lanzarle su fuego.

Mientras tanto, Eléndil que fue a por el cíclope, no tardó en acabar con él.
Se valió del destello cegador, un hechizo elemental del nivel uno, para provocar una ceguera temporal en el único ojo del cíclope. El dragón del mago aprovechó el momento para lanzar una bocanada de fuego, que carbonizó al cíclope.

Silvan siguió insistiendo con el otro gigante hasta que éste logró agarrar una de las patas del gran azul. El dragón intentó deshacerse, pero no lo logró. Por suerte, Lana que había seguido la lucha desde cierta distancia, acudió enseguida a ayudar a su amado.
Su dragón atacó por la espalda al gigante, así que éste no lo vio llegar. Una gran llamarada acertó de lleno en su objetivo, terminando con su vida, rápidamente en llamas.

Una vez acabaron con los gigantes, los dragones no tardarían en reducir al resto de enemigos. Dando por concluida la matanza.


Sí, habían ganado la batalla, pero a qué precio…

Éaguer murió en Lásgarot. Alan y Vanya, aunque pudieron participar en “La Batalla de las Praderas de Sunesti”, también murieron.
Ghakan y Máblung estuvieron muy cerca de no poder contarlo; y Almare y Gúnnar también resultaron heridos.  Además, sus tropas quedaron muy reducidas. Contando incluso los heridos… quedarían unos doscientos elfos silvanos, ciento veinticinco longorianos y setecientos cincuenta altos elfos, en lo que se refiere a las tropas de la alianza. En el resto, quedaron unos quinientos yumerios, y veinte duendes. Jahnk como único superviviente de los hombres-árbol, aunque su estado era deplorable… y un sólo halcón gigante, de los que acudieron con los elfos silvanos…

…Hasta los dragones azules vieron reducido su número considerablemente.


Por todo ello, a pesar de haber vencido, todo el mundo estaba triste y cabizbajo.





     
      Al poco tiempo, meses después de la batalla, en Silvanya nacía el hijo de los príncipes Isilion y Mialee… al que llamaron Joel.



Aquél sería el primer motivo de alegría de nuestros amigos, tras tanto sufrimiento.